11 ago. 2008

ALEJANDRA

Por Jair García-Guerrero

Arde el altar; ha llegado una nueva:
la catedral el iluminado encontró
echa la vida y la muerte, pues confió
jugar en la mesa de la esperanza.

Ante la cálida cruz de su vientre,
nuestro Arquitecto las velas encendió:
dales amarres con sagrada intención
rosas y estrellas y espera paciente.

Ante la campana, palomas de paz
yacen en lo alto esperando el honor
con el que cruzan la bóveda alta:

cielo invadido por su amor, nada más.
Ya de esta alianza se escucha otro rumor:
arderá la llama eterna y santa.

2 ago. 2008

MIL AÑOS DESPUES...

Por Antonio Castro Manzano

Mil años después...

aquel ser de figura amorfa

se incorporó en su lecho

de rojiza arena

y con lo que parecían ser unos ojillos

vidriosos, viscosos

oteó el horizonte de la nada

emitió un sonido gutural,

menos humano que animal

y, desconsolado,

se tendió de nuevo

sobre su lecho milenario

para seguir durmiendo.

KILLER

Por Antonio Castro Manzano

Killer... Killer... Killer...

Dicen que soy un asesino y que voy a morir.

Dicen que maté a una anciana y a una niña y que por ello debo pagar.

Dicen que voy a morir con una inyección de sal.

Killer... Killer... Killer...

Voy a morir y no sé por qué.

¿Que soy un asesino...?

Yo no sé qué es ser “un asesino”.

Yo no sé qué es “matar”.

Killer... Killer... Killer...

Dicen que en un arranque de violencia maté a una anciana, mi ama.

Y a su nieta, mi querida niña...

Que les destrocé la yugular...

¡Qué es la yugular...!

Killer... Killer... Killer...

Dicen que soy un asesino y que debo morir...

Dicen que me van a aplicar una inyección de sal...

Y que voy a dormir

para ya no despertar.

Que será sin dolor...

¡Que debo morir...!

1 ago. 2008

LA VALKIRIA

Por Gregorio Sosa Sauri

Opuesto al Mario Antonio insensible que el raciocinio hacía desprender de los pesares de Susana, existía el otro Mario Antonio seductor de presencia varonil, con canas prematuras que le servían como pase de abordar entre cierto sector femenino, ameno y con ímpetus sensuales, quien guardaba como prenda preciosa en lo más íntimo de sus recuerdos un encuentro amoroso en Bogotá en el que se mostraba experto en el arte del galanteo y en la improvisación; prácticas a las que al decir de Susana era refractario.
Eran pasadas las doce de la noche. Al llegar al hotel apeteció una copa en el bar antes del baño tibio. Habría como veinte juerguistas en grupos pequeños situados cerca de la barra donde Mario Antonio tomó asiento. Un conjunto de piano, trompeta, batería y saxofón tocaba un ‘jazz’ lento que lo atrapó de inmediato. Seguía el ritmo con ligeros movimientos del cuerpo mientras paladeaba el escocés en las rocas cuando sintió la necesidad de voltear hacia la parte más oscura del bar, al fondo, donde en una mesa apartada se perfilaba una cabellera rubia sobre un rostro femenino de formas indefinidas. Un haz de luz daba un toque misterioso a la figura que se adivinaba bella e interesante. Estaba sola. Se quedó mirándola y ella se inclinó en un leve saludo-invitación al que Mario Antonio respondió de inmediato. Cruzó entre las mesas pero antes de llegar ella se irguió dejando entrever un rostro afilado y una figura de guitarra que le entusiasmaron. No mediaron palabras. Se le ajustó al cuerpo, ciñó la frágil figura y se dejaron llevar por la cadencia. «Olía a rosas» El contacto con su cuerpo duro y tibio avivó los perros dormidos de Mario Antonio, pero la penumbra, el total abandono de la desconocida en sus brazos y el ritmo cansino los mantuvo acurrucados en la mullida y confortable anatomía femenina, siempre al acecho. Terminada la melodía siguió otra y otras más, hasta la una y media de la mañana sin que hubieran dejado de sentirse unidos sin hablarse. No era necesario hacerlo, habían respondido al instinto animal sin proponérselo. Mario Antonio le preguntó al oído: «¿vamos?» Ella asintió con un leve movimiento.
A la luz del vestíbulo quedó asombrado de su belleza: ojos de intenso azul, nariz respingona, labios finos delineados y barbilla hendida. Veintiocho años cuando más y un ligero dejo de cansancio en la mirada.
-No puedo ir más allá. -Se detuvo ella al llegar al ascensor-. No me lo permiten. Has sido muy generoso. Gracias.
-Pero... ¿Por qué no?, -Preguntó intrigado Mario Antonio-. No me dirás que... Se detuvo justo antes de pronunciar la palabra denigrante.
-¿Si soy prostituta?, -completó ella divertida-. No, no lo soy. No me dejan otras personas ajenas al hotel. Te agradezco el interés pero no puedo seguir. -Y se dio media vuelta.
-Oye, -insistió Mario Antonio-. ¿Te podré ver mañana?
-Aquí estaré. -Dijo la enigmática mujer y regresó al bar a ocupar de nuevo su semi oscuro sitial.
Mario Antonio no pudo conciliar el sueño. Su mente evocaba indiscriminada la nariz respingona, el ‘jazz’ inacabable, la negativa, el olor a rosas, la imagen fantasmagórica de la cabellera en penumbra, la afirmación, el cansancio de aquellos ojos azules, la excusa, la trompeta, los parroquianos indiferentes, la invitación, la promesa de mañana... «Sí, mañana... allí estaré»



Imposible que en la oficina pasara inadvertido el mal talante de Mario Antonio. Su ceño adusto, la mueca informe que sustituía su sonrisa habitual y la prisa no acostumbrada en él manifestada en el ‘sí, ¿qué más?’; ‘eso es todo’; ‘abreviemos’, inhibía a sus clientes habituados a su trato afable y los apuraba a concluir lo antes posible sus negociaciones. Mal disimulaba su ansiedad por el paso lento de las horas y por el desahogo de una agenda en apariencia interminable.
A las seis de la tarde, al fin, logró concluir la jornada y se encaminó a la barbería del hotel para el retoque que, según su experiencia, sería apreciado por la enigmática desconocida: corte de pelo, manicura, rasura y un masaje ligero en los músculos trapezoides y pectorales, así como en los parietales que sentía tensos. Pensó en una siesta para reponer energías pero la descartó por su creciente ansiedad y optó mejor por un baño tibio de tina que prolongó por una hora, con ensueños intermitentes distorsionados de su experiencia nocturna, en los que seducía implacable a la huidiza valkiria.
¿Quién era la misteriosa mujer? ¿Por qué permanecía sola en un bar a tan altas horas de la noche sin que nadie la importunara? ¿Sería la dueña del bar o la administradora? ¿Por qué le daría entrada durante casi dos horas de ensueño inolvidable para detenerse abruptamente en el último momento? ¿Quiénes le impedirían subir a las habitaciones, el reglamento interno del hotel o la advertencia de alguien que tuviera derechos sobre ella? Sea quien fuere la hermosa desconocida lo cierto era que había demostrado más que interés por Mario Antonio al permanecer unida a él gran parte de la noche. Era una mujer de mundo, no le cabía duda, humanizada por aquel extraño dejo de tristeza.
Se acicaló con esmero sin poder apartar de su mente la mirada triste que desentonaba en aquel semblante bello que lo había atrapado. Escogió un traje de lino blanco y una corbata discreta en vivos violáceos. Aprobó la figura impoluta, esbelta y distinguida que le devolvió el espejo y salió radiante de la habitación. A las once de la noche llegó al bar que estaba lleno a su capacidad y en vano buscó a la rubia misteriosa.
-Tenemos una convención de vendedores de seguros de vida en el hotel y hoy es su último día. Nuestros clientes habituales nos disculpan en ocasiones como ésta pero mañana estarán aquí. -Fue la respuesta del barman entre el parloteo interminable de los parroquianos.
-¿Recuerdas a la señora rubia que estuvo anoche en aquella mesa? -Gritó para hacerse oír.
-¿A Viky? ¡Cómo no! Es nuestro talismán pero hoy no vino. Cuando tenemos eventos grandes ella desaparece. Mañana de seguro estará de nuevo con nosotros. -Y lo dejó de una pieza.
Se sintió ridículo con su elegancia inmaculada en medio de tanto currutaco advenedizo que parecían reír del plantón que le habían infligido. Salió apresurado hasta el vestíbulo y, dominando su primer impulso de regresar a su habitación (desvestirse, acostarse para sufrir alguna comedia televisiva de acedo humor gringo doblada al español), pidió al botones más cercano le consiguiera un taxi.
-Llévame a un buen bar. -Se escuchó decir.
-Con gusto, patrón, vamos al ‘Pepe’s, -contestó el chofer.
«No puedo creer lo que me está sucediendo, reconoció molesto. Que me ilusione con una cara bonita y decida conquistarla para llevarla a la cama, pasa. Pero violentarme y buscar un escape, algo que la sustituya al no encontrarla, está fuera de orden» Pero no rectificó. Llegó al Pepe’s, un bar pequeño, elegante, de alfombra roja y muros claros recamados en dorado, barra discreta, piano y de nueve a diez parroquianos. Tomó asiento junto a la barra y pidió ‘chivas en las rocas’. Uno, otro, otro y otro hasta perder la cuenta y empezar a navegar en el azul plúmbago de unos ojos tristes, enredado en una cabellera rubia que se desmadejaba hasta formar, con él en medio, un ovillo que se convertía luego en capullo, en crisálida, en mariposa azul triste de nariz respingona y barbilla hendida.




Le despertó de pronto el sonido insistente del teléfono que descolgó y contestó en automático. Oyó su voz ronca, lejana, desconocida.
-Son las siete de la mañana, Señor Fuentes -escuchó una voz melosa por el auricular-. Tenemos un día espléndido con 18 centígrados a la sombra. Esperamos lo disfrute. Baay...
«¿Qué ha pasado?» Se preguntó Mario Antonio al incorporarse en el lecho que aún no reconocía y tentar a su lado el trasero desnudo de una mujer dormida. Todo en su entorno parecía dar vueltas. Cerró los ojos para tratar de encontrar a su yo interno que creía perdido. Sentía náusea, sed y un fuerte dolor de cabeza. Se levantó para ir al baño y tuvo que volver a sentarse porque no se podía mantener en pie. ¿Qué había pasado? «¿Quién es esta mujer? Ayúdame a recordar, Dios mío, y haz que se me quite este mareo insoportable» Puso todo su empeño en forzar su memoria y no llegó más allá del nombre del barman, Ramón, que le aconsejaba prudente: «Las chivitas son muy buenas, patrón, pero hay que saber pastorearlas» Después sólo la mirada azul y la cabellera... volteó como impulsado por un resorte hacia la dormida desconocida y apreció entre las sábanas una cabellera oscura revuelta. Un dejo de nostalgia y desencanto se sumó a su caudal emocional. Titubeante fue al baño y hasta entonces se percató que permanecía vestido con su traje de lino manchado de carmín. Miró en el espejo su figura deprimente, humillada, y sintió un estallido de rabia que le fue devolviendo poco a poco la razón. Se desvistió y tomó una ducha fría que le hizo temblar hasta recobrar el equilibrio. No recordaba mayor cosa del Pepe’s pero se había recuperado. Era él nuevamente: Mario Antonio Fuentes Díaz.
Despertó con delicadeza a la mujer desconocida quien permanecía ofuscada aún por los vapores etílicos, la pasó al baño, la ayudó a vestirse y la puso en la puerta con cien dólares en la mano. Bajó al restaurante. Pidió zumo de toronja frío que apuró de un solo trago, y, otro vaso más grande con la aprobación benévola del maitre d’ hotel. «Es inconcebible que no recuerde nada», continuaba su martirio, ajeno al trajinar continuo de meseros y comensales. Veía y escuchaba como a través de filtros que parecían distorsionar la realidad, volviendo grotescas, deformes a las personas y los objetos así como los sonidos que le parecían todos ásperos y graves. Se sentía hinchado, deforme, maltrechos estómago, garganta y cabeza que amenazaban con estallar.
-Si el señor lo desea puedo traerle un remedio efectivo para evitar su malestar, -escuchó apenas la voz solícita del maitre, y, a poco, ingería a sorbos un brebaje verdoso y amargo. Pidió un teléfono para cancelar su agenda del día, dejó veinte dólares al servicial mesero y regresó a su habitación para dormir el resto del día.



Mario Antonio despertó a las ocho de la noche con ímpetus nuevos. Repasó los acontecimientos a partir de su encuentro con la rubia del bar y concluyó que lo invertido hasta entonces le facultaba a buscarla una vez más. A las once de la noche volvió a cruzar las puertas del bar Imperial enfundado en un traje deportivo claro. Los mismos músicos, tal vez quince clientes diseminados en torno a la minúscula pista de parqué y, al fondo, la misma figura enigmática emergiendo de la penumbra. Se dirigió a ella de inmediato y tomó asiento a su lado.
-Lamento no haberte encontrado ayer como acordamos -dijo a manera de saludo, al entregarle una orquídea amazónica. En la penumbra adivinó la sonrisa de agradecimiento.
-Gracias, es un gesto delicado. -La aceptó y la prendió a su pecho-. No vine ayer, por el tumulto. Dispénsame. ¿Quieres bailar?
El conjunto iniciaba una melodía acariciante.
-Preferiría platicar antes un poco si no tienes inconveniente.
-¿Para interrogarme? -Preguntó ella coqueta.
-No precisamente, diría mejor que para compartir tu atmósfera de misterio y alimentar un poco mi ego maltrecho con la envidia que despierte entre los asistentes.
Los parroquianos, ensimismados en sus particulares asuntos, parecían sin embargo ajenos a la pareja.
-Si así lo prefieres -contestó ella indiferente.
-Ayer un taxista me llevó al bar Pepe’s. ¿Lo conoces?
-Sí -respondió ella al instante-, es un lugar tranquilo. ¡No me dirás que tuviste algún problema! -Se interesó vivamente.
-No, en absoluto -dijo él, dueño del momento-. El problema fui yo que por alguna razón incomprensible me afectó de más no haberte encontrado, y bebí como un estúpido hasta embrutecerme. Bueno… creo que lo bruto lo traía desde antes. -La hizo reír-. Mi preocupación es no saber qué pasó después del octavo jaibol. No supe qué hice ni dónde estuve y, me apena confesarlo, desperté junto a una dama desnuda que para mi infortunio no tenía el pelo rubio (aceptó ella de buen grado la alusión con una incipiente sonrisa.) No sé dónde la recluté ni cómo, ni qué hicimos. Ella tampoco me dijo porque la despedí medio dormida cuando la descubrí esta mañana a mi lado. Perdóname estas confesiones en aparente fuera de lugar pero fueron motivadas por tu ausencia.
-¿Ahora yo soy la culpable? -Preguntó divertida.
-Total e irremediablemente culpable -Mario Antonio se puso solemne-. Y estás condenada a soportar en tiempo y forma al afectado y a ‘desfacer’ (como dicen los clásicos), las inconveniencias que tu ausencia me ha causado. Enumeremos: Primero, el mayor desencanto infligido a mi ego, quien al no poder soportar el desengaño se ha desquiciado actuando incoherente y se ha puesto una papalina de padre y señor mío. Segundo, eres culpable del malestar físico y mental sufrido por el afectado, al ingerir éste sin control bebidas espirituosas en exceso que en otras circunstancias no habría ingerido. Tercero, te es imputable también la distorsión de la libido del afectado al buscar por tu ausencia refugio en los brazos de una ‘Magdalena’ en ejercicio. Cuarto, eres culpable de mi falta laboral por este día y en consecuencia también de los posibles inconvenientes que me pudieran resultar por ello. En resumen, no tienes escapatoria posible esta noche. Has sido juzgada y sentenciada sin derecho a apelación.
-Podríamos convenir en que la ausencia de la acusada pudo ocasionarle dichos estropicios o más -le siguió ella la broma-, pero da la casualidad que ésta se ha presentado con un amparo de la autoridad judicial que mantiene en suspenso cualquier acción coercitiva en su contra. Por lo tanto, señor fiscal convertido en juez, jurado y afectado, son improcedentes sus argumentos y sanciones, lo conminamos mejor a la concertación pacífica de las partes si usted desea mantener alguna relación de entendimiento entre ellas.
Había empatado los cartones dando entrada de buen talante al galanteo de Mario Antonio. Éste, como perro de caza que olfatea la sangre de su presa, se aprestó de inmediato al ataque.
-Tiene usted toda la razón. Nada mejor que concertar. Distinguida dama -dijo solemne:- ¿Puedo llamarla Viky?
-No tengo inconveniente si así lo desea, aunque pudiera llamarme también Atenea, Melibea, Antonieta, Lucrecia, Juana o Domitila -prosiguió el juego.
-No, Viky es más propio, más cercano a la apócope de vikinga o de valkiria, que de cualquiera de ellas serías inmejorable embajadora. Viky, ¿sería mucho pedir que me destinaras la noche entera? -la acorraló con la pregunta directa.
El semblante hasta entonces relajado de la enigmática mujer se puso tenso, afilado, y se contrajeron sus arcos ciliares al aguzar la mirada. Sin perder compostura, ganada ya por la espontánea actitud de Mario Antonio, procuró sin embargo continuar el juego.
-Las concertaciones, señor, llevan siempre orden y método, no se vale quemar etapas. –Sentenció-. Su petición resulta prematura. ¿No le importaría bailar? -Se levantó decidida.
No admitía réplica su actitud y Mario Antonio la complació de inmediato. Se enlazaron los cuerpos moviéndose al ritmo de la melodía. Poco a poco se abandonó ella y descansó la cabeza en el hombro fuerte del varón. Algo en su actitud pasiva despertaba sentimientos de ternura en Mario Antonio. «¿Está tensa y temerosa o es sólo una falsa apreciación?» A una melodía siguieron otras… sus miembros se fueron amoldando como sus pensamientos al ritmo cansino que servía de pretexto para gozar los roces y el humor de sus cuerpos.
-¿Cuál es el número de tu habitación? -preguntó ella de improviso, al oído.
-El trescientos cuarenta y ocho, tercer piso. -Contestó él, también al oído.
-Déjame en la mesa y vete. Enseguida te alcanzo -dijo ella decidida.
Mario Antonio pagó la cuenta y salió. A los pocos minutos llegó ella presurosa. Sin mediar palabra le tendió los brazos y lo besó apasionada.
-No puedo hacer el amor. Sólo quiero disfrutar tus caricias -le advirtió al comenzar a desvestirse.
-Espera entonces. -La tomó por atrás apartándole el cabello para descubrir el fino cuello, mordisquear el lóbulo de sus orejas, aprisionar sus senos y bajar las manos hasta el pubis…
De improviso se abrió la puerta con violencia y entraron pistolas en mano dos hombres que lo apartaron con furia y lo encañonaron.
-¡No, déjenlo, él no tiene culpa! -Gritó la Valkiria, frenética.
-Está bien, -contestó uno de los gorilas-. Pero acompáñenos, por favor, señora. -Y se perdieron por el lóbrego pasillo.
Al día siguiente apareció una nota debajo de la puerta de la habitación de Mario Antonio:
«Perdóname, soy la esposa de un poderoso traficante de drogas. Nunca te veré más. No me busques porque te harían daño. Recuérdame como yo te recordaré siempre.
La Valkiria.»

31 jul. 2008

EL PAJARO TOH

Por Gregorio Sosa Sauri

«Treinta y cuatro, treinta y cinco, treinta y seis...» se escuchaba en el segundo piso de la desfibradora de henequén, la voz atiplada de Gabriel Dávalos, quien con los ojos cerrados, vuelto hacia una de las paredes del cuarto de máquinas, contaba hasta cincuenta para después tratar de encontrar a sus siete compañeros de juego, antes que tocaran la columna central habilitada como base. Oscurecía y apenas eran visibles las imágenes en movimiento de los muchachos, entre diez y doce años, que se escondían en armarios, en los quicios de las puertas, entre los rollos de pencas de henequén diseminados en el piso, o detrás de las columnas de madera que sostenían la techumbre de lámina del viejo edificio.

Al terminar de contar, Gabriel se volvió rápido hasta la columna central desde donde escudriñó los rincones y los lóbregos pasillos que desembocaban al amplio vestíbulo. Todo permanecía en silencio. Asido a la columna, giraba en torno a ella, aguzando los sentidos. Nada se movía. Pasaron dos largos minutos sin que escuchara sonido alguno, salvo el de los grillos que acentuaba su desesperante soledad. Inquieto, sin despegarse de la columna, se escuchó gritar: «¿Dónde están? Los estoy esperando» Y continuó esforzándose por distinguir a sus amigos entre la oscuridad que se volvía más densa por momentos. Nada los delataba y Gabriel comenzó a preguntarse qué pasaría. Sintió temor de la soledad, de las sombras, del silencio. Con la voz quebrada insistió: «¿Dónde están? Salgan» Pero no recibió respuesta.

Gabriel frisaba los diez años. Era delgado de complexión. Destacaba entre sus compañeros por su tez blanca, sus ojos aceitunados y su despierta imaginación que concebía escenarios fantásticos para ubicar sus aventuras que a todos cautivaban. Pero en aquel momento de soledad inesperada se sentía angustiado. Un sudor frío brotaba de su frente. ¿A dónde habían ido sus amigos?

Tenía la sensación que las sombras distorsionaban y volvían fantasmagóricos los objetos a su alrededor. Escudriñaba los sonidos que se amplificaban en su mente hasta desesperarlo. Escuchaba con especial lucidez el canto de los grillos, el leve y ocasional crepitar del edificio, el siseo apenas perceptible de la brisa. De pronto, como surgido de una magistral partitura, le pareció escuchar un sonido fuerte y grave de prolongada duración: -toooooooh- que le enchinó el cuerpo y le puso los pelos de punta. Se repitió dos, tres, hasta cinco veces el gutural sonido que lo dejó pasmado.

La soledad, la oscuridad, el sonido inesperado aunado al recuerdo de cuentos de aparecidos relatados por Juan Ihuit la noche anterior, lo hicieron bajar despavorido los escalones y correr sin detenerse hasta transponer las puertas de su casa. Llegó pálido, sudoroso, palpitante hasta la cocina donde su madre preparaba la cena y se sentó a la mesa sin delatar su presencia. Sentía como si fuera a salírsele del pecho el corazón agitado. Las sombras de la noche eran apartadas apenas por la luz amarillenta de la lámpara de petróleo, y Gabriel las escudriñaba angustiado, temiendo la aparición entre ellas del causante del estruendoso sonido. La voz tranquila de su madre lo sacó de sus meditaciones.

-¿Desde cuándo estás aquí? No te sentí llegar. Vienes sudoroso y pareces angustiado. ¿Qué tienes? –Lo interrogó ansiosa.

-No me pasa nada. –Respondió apresurado, tratando de mostrarse sereno. Ella, sin embargo, intuyó una nueva travesura de Gabriel. Su ánimo alterado la puso sobre aviso, predispuesta a una mortificación más. «¿Por qué será tan inquieto?» Se preguntó, y sin llegar a ninguna conclusión se dijo preferirlo así, lleno de vida y entusiasmo que pasivo o mediocre.- Jugábamos a los encantados y corrí mucho, por eso vengo sudando.

Doña Laura sonrió y retornó a su interminable trajín. Gabriel permaneció intranquilo, absorto ante la oscuridad densa, escudriñándola con el morboso recelo (acaso también deseo) de ver aparecer tangible y horrible (porque forzosamente debería ser feo, abominable) el ser capaz de producir tan impresionante sonido. Nunca había escuchado algo similar ni recordaba que sus compañeros hubieran relatado asunto parecido. Cuando escuchó el impactante sonido en la desfibradora de henequén, le fue imposible ubicar su procedencia para identificar a su autor y nadie podría quitarle de la cabeza que quien fuera capaz de emitir semejante sonido, tendría que ser necesariamente algún ser enorme y deforme, una criatura sobrenatural, horrible, parecida tal vez a los monstruos de los relatos de Juan Ihuit.

Al establecer la referencia recordó a sus compañeros de juego, quienes al parecer habían desaparecido misteriosamente y no sabía de ellos. Se estremeció al pensar que pudieran haber sido presa del monstruo aquel que tan sonoramente se manifestara.

«¿Se los habrá comido?»

Su fantasía daba forma a los momentos dramáticos cuando el ser enorme (lo imaginaba ya de cinco metros y medio de altura, con piel rugosa y ojos flamígeros) moviéndose como en cámara lenta, caminaba detrás de sus amigos a quienes apresaba uno a uno con sus manazas y les masticaba la cabeza o algún otro miembro, descuartizándolos. Lo veía saboreándose y escurriendo sangre entre las comisuras de sus colmillos.

-¡Noooo! –Gritó horrorizado sin poderse contener, propiciando que doña Laura volteara presurosa y lo abordara apremiante.

-¿Qué sucede, Gabriel? ¿Te duele algo?

-No, mamá, -contestó de inmediato-. Imaginaba que un monstruo se comía a Juan y a Mario, y grité sin darme cuenta.

-¡Qué ocurrencias las tuyas! ¡Mírate, estás empapado... y tienes fiebre! –Dijo al tocar su frente llena de sudor-. ¿Qué te sucede, hijo? -Preguntó preocupada.

-Nada, mamá, no tengo nada. –Pretendió calmarla fingiendo una serenidad que no tenía.

Presa de la desesperación su madre no atinaba a comprender por qué su hijo parecía ausente y angustiado. ¿Qué le ocultaba? ¿Por qué sudaba copiosamente? En vano trataba de recordar algún indicio de enfermedad o dolencia con síntomas semejantes.

-¿Te mordió algún animal? ¡Dime, por Dios, qué te sucede! –Se desesperaba, mientras él buscaba en vano la excusa que pudiera tranquilizarla. Se resistía a decirle de sus aprensiones sobre el monstruo y menos de sus sospechas, hasta cierto punto fundadas, de que éste pudiera haber liquidado a sus compañeros.

-No tengo nada, no te preocupes. Corrí mucho y me siento muy cansado. -Pretendía actuar con indiferencia.

-Hijo, sabes que puedo entender cualquier cosa, por grave que sea. Puedes confiar en mí. No me angusties con tu silencio. -Suplicaba doña Laura al borde de la desesperación.

«¿Por qué las madres serán tan dramáticas e insistentes?» Se preguntaba incómodo Gabriel, al no saber qué contestarle. Él mismo no estaba seguro de lo acontecido. No le constaba nada, aparte del estruendo que creyó haber escuchado, y cualquier cosa que dijese podría enredar más su ya de por sí enredada percepción de los hechos. Sería, además, denigrante para él aceptar que actuaba por miedo. ¿Qué hacer? ¿Cómo dejar de sentir esa angustia y cómo explicarla sin salir tan mal librado?

-No tengo nada. No me pasa nada. ¿Me crees? -Se le acercó, le besó la mejilla como último recurso para convencerla, y logró su objetivo. Su madre lo atrajo hasta su regazo con la ternura única que sólo las madres saben prodigar en los momentos difíciles, y Gabriel se abandonó en ella hasta sentirse gratamente reconfortado.



*



Pasados aquellos primeros momentos de ansiedad y desasosiego, de pie en el umbral de su casa Gabriel observaba las escasas y dolientes luces que hendían la oscuridad, no más de diez, como luciérnagas trémulas atrapadas en los ventanales de las casas de el Chino, de Mario, de Don José Seba y de los demás vecinos que vivían en las inmediaciones del campo de béisbol. Eran las ocho de la noche. Nada se distinguía a más de diez pasos. Los contados transeúntes acostumbrados a los accidentes del camino, lo recorrían diligentes identificándose entre sí sólo por el sonido de sus pasos o por sus carraspeos repetidos para anunciar su presencia. Aparte de ellos y de los ocasionales mugidos del ganado, ningún sonido extraño interrumpía el interminable concierto de los grillos.

Todo parecía normal. Sin embargo la ansiedad se le agolpaba en el pecho pugnando por salir. Permanecía con la mirada fija en el horizonte repitiéndose mentalmente el sonido sordo que pretendía escuchar en el entorno y se confundía con sus palpitaciones cada vez más aceleradas: «toooooh, toooooh, toooooh» La imagen del gigante en movimiento con el que asociaba el sonido aparecía proyectada al fondo de la noche en ráfagas brillantes e intermitentes. Sudaba... Sabía que aquella proyección partía de su mente, pero se recreaba en ella con fascinación hasta fijarla por completo en la oscuridad. Perdió la noción del tiempo y se entregó a su fantasía.

Imaginó ver cómo el monstruo llegaba hasta la casa de El Chino y penetraba en ella por la azotea de teja que se deshacía sin mayor resistencia debajo de sus pies. Buscaba entre los escombros hasta encontrar a los moradores maltrechos, los agarraba con sus manazas toscas y peludas, y saciaba con ellos su voraz apetito. Destruía a puntapiés las paredes y continuaba su marcha hasta la casa siguiente donde repetía su destructora actuación. ¿Cuándo cambiaría de rumbo para llegar hasta él, y cómo evadirlo? No atinaba a responderse.

¿Y si pudiera dominarlo? ¿Si lograra encontrar algún botón oculto en su cuerpo, una palanca, el interruptor que controlara sus pensamientos si los tuviera, y pudiera guiarlo para evitar que destruyera como hacía ahora? Tener un ser imponente como aquel a su servicio para realizar las agotadoras faenas de emparejar caminos, tender vías para los carruajes, transportar los fardos de henequén, pero sobre todo para pasearse montado en sus hombros y apreciar el paisaje desde esas alturas, ante el asombro y la envidia de sus compañeros… Tener en él a un amigo poderoso que le allanara sus dificultades, era una fantasía que se planteaba de pronto como posible y fascinante. ¿Quién otro podría tener un monstruo a su servicio? Nadie, sólo él. Y contempló cómo se desvanecía de entre las sombras la subyugante figura ennoblecida ya por su posible disposición a ayudarlo.

¿Habría en verdad un monstruo merodeando Kanachén o era un alma en pena quien produjo el estruendo? Juan Ihuit decía que los aparecidos gustaban de las noches oscuras como aquella para llamar la atención de los humanos, y se manifestaban de diferentes formas. Unas veces como personas enfundadas en túnicas blancas deshilacha-das, flotando entre los árboles, precedidos de gritos lastimeros. Aunque también en forma de animales salvajes como perros negros con intensos ojos rojos y fauces babeantes. Algunas veces era en la figura de Luzbel, con cuernos y cola puntiaguda, tratando de seducir a incautos con promesas de riquezas fabulosas. Otras más como repugnantes muertos en descomposición, deambulando sin rumbo, en continua pena.

¿Cómo se le podrían presentar esa noche? Se estremeció ante la posibilidad de verlos en cualquiera de las formas imaginadas. Una leve brisa fría agudizó su percep-ción del entorno. Su madre continuaba en la cocina y él se sentía más solo cuanto más se adentraba en sus ensueños.

«Lo que buscas no está en las sombras de la noche, cierra los ojos y lo tendrás de inmediato. Tu invocación ha sido escuchada. Déjate conducir... relájate» Se sorprendió de sus pensamientos que no atinaba a comprender si eran suyos de verdad o se los dictaban. ¿Pero quién? «Relájate» insistió la voz interior. Pero le era imposible hacerlo cuando todos sus sentidos estaban tensos, excitados de más.

Permanecía con la mirada fija al frente, taladrando la oscuridad, obsesionado en descubrir al ser aquel de quien sólo conocía la voz.

¿Lo había escuchado en verdad o sólo lo había imaginado?

«Relájate» «¿Y qué sucederá si lo hago?» Se preguntó de inmediato al estable-cer una comunicación mental consigo mismo. ¿Era consigo mismo?

«Y con quién más habría de ser» Se contestaba.

«Conmigo, con quien soy y en quien te niegas a creer»

«¿Eres el diablo acaso?»

«Podría ser. ¿Te gustaría que lo fuera?»

«Nooo!» Lo interrumpió con vehemencia.

«¿Por qué no? No cualquiera tiene el privilegio de escucharme ni la oportu-nidad de saber sobre las cosas ocultas que siempre han intrigado a los humanos»

¿Qué era aquello? ¿De dónde provenía la voz que sentía suya pero que no correspondía a sus pensamientos? Su escaso conocimiento de ‘cosas del más allá’ lo descalificaban para un diálogo semejante, y menos en su mente.

«No te martirices. No eres tú sino yo quien habla, escuchó nuevamente. Sé que anhelas conocer la ciudad pero tus padres no han podido cumplirte ese deseo. Yo podría volverlo realidad si quisieras»

«No, no, yo no puedo pensar ni en el diablo ni en cosa que se le parezca; Cruz, Cruz, que se vaya el diablo y venga Jesús» Repitió exaltado. Gabriel movió hacia todos lados la cabeza con intención de apartar de su mente aquellos pensamientos insanos. Estiró los brazos, dio pequeños saltos, parpadeó insistente y se sintió de nuevo en dominio de su persona.

Aquella voz no era más que una mala pasada que se hacía a sí mismo para tratar de explicarse los momentos de pánico sufridos minutos antes en la desfibradora, y que inexplicablemente se prolongaban de más. O al menos así era más conveniente creerlo. La vida no contenía, no podía contener ese tipo de experiencias que Juan Ihuit relataba de continuo y que parecían asaltarlo cuando más necesitaba tranquilidad para desentra-ñar el misterio.

¿Qué sucedía? Nunca antes había experimentado ansiedad semejante. Él era (al menos había sido hasta esa misma tarde) un niño feliz, espontáneo, a quien no preocu-paban misterios ni embrujos. Pero ahora parecía embrujado.

Lanzó una última mirada a las luces distantes y regresó a su asiento en la cocina. Doña Laura permanecía en su inacabable labor, pero atenta a los movimientos de su hijo.

-¿Te sientes mejor? -Preguntó al reanudar el diálogo interrumpido.

-Sí, mamá, la brisa me ha refrescado. Ya no sudo.

-Me quitas un peso de encima. Llegaste muy alterado y supuse que te habrían golpeado o, peor aún, que te hubiera mordido algún animal.-

-No, mamá, venía sudando -se sinceró- porque oí un sonido fuerte y raro en la desfibradora que me asustó mucho.

-¿Un sonido raro? -Se interesó doña Laura- ¿Cómo era?

-Muy fuerte, y se repitió por todo el segundo piso de la desfibradora. Lo escuché hasta cinco veces en la oscuridad como si viniera de otro mundo. Se oía así: (Gabriel enlazó sus manos hasta formar con ellas un cono y las pegó a sus labios para amplificar el sonido) «toooooooh» «toooooooh» «toooooooh». -Imitó el sonido que lo había paralizado.

-¡Ah!, vamos, -exclamó divertida su madre-. Escuchaste el canto del pájaro Toh que vive en la noria del corral. Es un pájaro hermoso que siempre canta al alba, a medio día y al anochecer. Es del tamaño de un loro y su plumaje brillante, de color verde azuloso o azul verdoso. Tiene dos largas plumas en la cola, rematadas en un círculo blanco cada una de ellas, como si fueran dos ojos que mueve como el péndulo de un reloj. No es un pájaro malo, sólo misterioso y escurridizo. Su canto recuerda al hombre que debe agradecerle al dios Chac sus bendiciones cotidianas.

El semblante de Gabriel fue tranquilizándose conforme se adentraba en el relato de su madre y encontraba la explicación lógica al sonido que tanto le mortificara. Se sintió defraudado al pensar que llegó a imaginar a su autor como un monstruo de cinco metros de alto o como el diablo, cuando apenas era un pájaro insignificante, por lo que cuestionó de nueva cuenta a doña Laura.

-¿Estás segura? Yo no creo que un pájaro pueda hacer el ruido que escuché, tan fuerte y tan grave: «toooooooh» -volvió a producirlo.

-Sí, estoy segura. Pero no es tan estruendoso su canto, es más bien áspero, tal vez enigmático, inesperado, distinto a los trinos de los pajarillos, pero no tan impresio-nable como dices. Creo que estabas perturbado por alguna otra causa y por eso te pareció intenso. Si quieres, mañana podríamos escucharlo al amanecer, junto a la noria. ¿Despertarías?-

-¡Claro que sí! -Exclamó jubiloso-. ¿Tú lo has visto? -Volvió a preguntar.

-Sí, varias veces, cuando tu papá nos ha llevado al cenote Chel há.

-¿Por qué yo no lo he visto?

-La última vez que fuimos a ese cenote tú eras muy pequeño. No creo que recuerdes mayor cosa.

-¿Cómo es el cenote? -Preguntó interesado, y su madre comenzó la descripción de aquel lugar que se antojaba mágico a la fantasía del niño y disipaba su angustia que lo había hecho soñar con el monstruo y los aparecidos:

-En el principio, cuando los hombres aún no aprendían el arte de la alfarería y carecían de vasijas para guardar el agua que el dios Chac les enviaba desde el cielo, éste ordenó a la naturaleza a través de un conjuro, abrir oquedades en las piedras para formar las sartenejas donde pudiera almacenarse el líquido. Así se hizo y los hombres acudie-ron a ellas agradecidos, a calmar su sed.

-Pero allí bebían también las fieras y pronto las sartenejas resultaron lugares peligrosos, donde seguido encontraban la muerte los seres más débiles. Animales pequeños, hombres descuidados, niños y mujeres morían destrozados por los animales salvajes. No era eso lo que el dios Chac quería para sus hijos de la tierra. Él pretendía beneficiarlos y las sartenejas habían propiciado el fin de muchos de ellos.

-Entonces, en otro momento de inspiración, el dios Chac expresó un conjuro más prolongado y la tierra se abrió en algunas partes hasta exponer sus entrañas por las cuevas inmensas llamadas cenotes. Éstos ponían a disposición del hombre y sus familias manantiales subterráneos donde tendrían privacidad y estarían protegidos de las fieras y alimañas. El hombre vivió tranquilo, a salvo desde entonces, y pidió al dios Chac un recordatorio para agradecerle sus bondades.

-Éste ordenó entonces al pájaro Toh que hiciera sus nidos en las hendeduras de los cenotes y cantara al amanecer, a medio día y al ponerse el sol, para recordarle al hombre que a esas horas debería agradecerle por el agua.-

Gabriel estaba fascinado. Su despierta imaginación lo remontó de inmediato en el tiempo hasta situarlo como personaje central de una tribu que habitaba una caverna. Se vio de pie con los brazos cruzados ante un centenar de súbditos aborígenes, luciendo un penacho de plumas vistosas y una capa de piel atigrada. Al escuchar desde las profundidades de la caverna el canto del pájaro Toh, se hincó para rendir pleitesía al dios Chac y sus súbditos lo imitaron:

«Somos tus hijos, venerable Chac, quienes te invocamos para cumplir tu mandato. Gracias te damos, ¡Oh, Gran Señor!, por habernos resguardado de las fieras y por entregarnos este manantial que sacia nuestra sed y nos mantiene limpios. Te prometemos cuidarlo siempre y venerarte por tu bondad» Juró solemne junto a la hoguera que mantenía cálido el ambiente y alejaba a las fieras y alimañas.

Su rostro abstraído hizo sonreír a mamá Laura.

-¿Ya estás soñando de nueva cuenta, Gabriel? –Y lo volvió a la realidad con el beso de las buenas noches.

-Ya quedamos, mamá, me despiertas a las cinco de la mañana. Espero que no se te olvide. -Recordó al retirarse a su habitación, mientras doña Laura apagaba la luz del quinqué. La oscuridad de la noche los envolvió de nuevo en sus aposentos y el silencio se agigantó, acotado apenas por el canto de los grillos.

La noche se volvió más densa y cubrió el pequeño poblado de Kanachén. Desde las alturas, donde seguramente los observaba el dios Chac, sólo se percibían pequeños puntos amarillos, como luciérnagas fijas en cada uno de los hogares.



*



Acostado en su hamaca, Gabriel dio rienda suelta a sus ensueños prehistóricos. Se vio de nueva cuenta ante sus súbditos que no eran otros sino sus compañeros de juego:

Juan Ihuit, el de mayor edad que recién había cumplido los trece años y relataba siempre cuentos de aparecidos y almas en pena, era el brujo de la cara blanquecina, ataviado con una piel negra de cabra y collares de guijarros de colores en el cuello, brazos y tobillos que (con un fémur humano en la diestra) describía círculos en el aire, alrededor del gran jefe, mientras emitía sonidos guturales ininteligibles.

Carlos, su mejor amigo, de su misma edad y similar estructura física, en ese sueño fantástico lucía avejentado pero noble, envuelto en una piel blanca de cabra. Era el padre de Azul (prima de Gabriel en la vida real, de apenas ocho años), la joven más agraciada del conglomerado. Ella vestía una túnica confeccionada de ayate y pétalos azul plúmbago. Era la sacerdotisa encargada de alimentar con copal los sahumadores, para aromar la gran caverna durante las ceremonias.

El Chino, su rival eterno en los juegos cotidianos de la hacienda, mocetón de once años, moreno, de pelo hirsuto y negro como sus ojos pequeños y agudos, de frente angosta y mandíbula prominente, era el rebelde del clan. En su fantasía, Gabriel lo identificaba con el nombre de Chon, quien se negaba a cumplir los mandatos del dios Chac. Se mantenía a distancia en el extremo opuesto del cenote, al frente siempre de seis seguidores incondicionales. Una piel negra enredada en la cintura cubría su desnudez y destacaba su incipiente musculatura.

Ernesto, Mario, Antonio, Pedro y Dionisio, los amigos más cercanos a Gabriel, capitaneaban los guerreros del clan. Llevaban como distintivo una pluma de faisán sujeta a la cabeza con una diadema de cuero del mismo color de sus taparrabos.

Concluida la ceremonia, el jefe tomó asiento en el trono, una gran piedra plana situada en la parte superior de la caverna desde donde dominaba hasta las rendijas más ocultas. Llegó hasta él Mario (que respondía al nombre de Mar), quien después de hacer una reverencia le dijo unas palabras al oído.

El jefe volteó contrariado hacia el grupo capitaneado por Chon (que permanecía apostado a la entrada de la caverna), levantó su mano diestra empuñada y lanzando un grito estruendoso bajó corriendo a su encuentro, seguido de su séquito preparado para la contienda. Con el impulso que llevaba se abalanzó sobre Chon y rodaron ambos por el suelo, observados por los integrantes de los dos bandos que tomaron posiciones.

El jefe y Chon permanecieron luchando, golpeándose con manos, rodillas y pies, girando siempre, revolcándose tomados del cabello y mordiéndose, arañándose, tratando de dañarse lo más posible. Así permanecieron por varios minutos sin levantarse hasta que sus fuerzas mermaron y dejaron de moverse, pero sin soltarse.

«Ha, ha, haaaaa» gritaba Gabriel, cuando de repente sintió a su madre que lo abrazaba y le decía con ternura:

-Cálmate, hijo, es sólo una pesadilla. Despierta, despierta… -Y lo acunaba en su regazo. Gabriel abrió los ojos rojos, exaltados, y se asombró de encontrarse en los brazos de mamá Laura y no enredado con el chino Chon.

-¿Qué soñabas? -Preguntó cariñosa mientras acariciaba los cabellos revueltos de su hijo, tratando de calmarlo.

-Peleaba con el Chino porque no quería hincarse ante el dios Chac cuando le dábamos las gracias por el agua y el cenote. -Respondió entornando los ojos y volviendo a sumirse en aquel agitado sueño.

Doña Laura sonrió y lo arropó, segura que continuaría prendido a su fantasía.

«Aaahoooo, aho, aho; aaahoooo, aho, aho» Gritaban entusiasmados los integrantes del clan, levantando los brazos empuñados y danzando alrededor de los contendientes, sabedores que de ese encuentro surgiría un nuevo monarca o se consoli-daría el mandato de Gabriel.

Perpetuados en aquel desesperado abrazo, jadeando, revolviéndose, con el último aliento el jefe logró soltarse de su adversario y tomándolo de los cabellos apo-rreó su cabeza contra el suelo una y otra vez, hasta dejarlo inconsciente.

Soltó el cuerpo exánime y dejó escapar un grito ensordecedor mientras sus partidarios lo imitaban, lo levantaban sobre sus cabezas en triunfo y lo paseaban por la caverna mientras los partidarios de Chon el Chino, cabizbajos, arrastraban a éste fuera de la cueva.

A partir de entonces, durante la noche, todos danzaron alrededor de la fogata festejando el triunfo de su jefe.



*



La mañana se anunciaba en el canto de los gallos y en el débil resplandor del horizonte, fresca, legañosa, cuando mamá Laura despertó a Gabriel minutos antes de las seis.

-Levántate, hijo, tenemos poco tiempo para escuchar el canto del pájaro Toh. Vístete pronto.-

Gabriel se incorporó de inmediato al escuchar el nombre del causante de sus miedos. El recuerdo de aquel sonido tosco y lacerante más asemejado al lamento de un alma en pena que a los trinos armoniosos de las aves, leves y frágiles, lo puso en movimiento. Se vistió presuroso, se despabiló con el agua fresca que se echó en la cara y llegó radiante hasta su madre.

-Ya estoy listo. ¿Vamos? -Preguntó animoso.

-Vamos. -Respondió doña Laura.

Tomados de la mano cubrieron los escasos cien metros que los separaban del corral. Llegaron al portón, levantaron la pesada aldaba, abrieron y penetraron topándose con cientos de reses de todos tamaños echadas en el suelo, resoplando y mugiendo algunas, pero las más calmadas y rumiando.

El fuerte humor del ganado y el estiércol los detuvo de momento. Era arriesgado aventurarse a pasar por en medio de los animales, no por su bravura sino porque al ser tantos fácilmente podrían tropezar con alguno y caer, y ser aplastados por aquellas imponentes moles de carne. Optaron por bordear hacia la izquierda, avanzando despacio a escasos centímetros de la barda, inclinándose a veces sobre alguna res echada, hasta llegar al muro blanco que circundaba la noria.

Aguardaron en silencio. Sus corazones latían agitados más por encontrarse a escasos centímetros de los cuernos puntiagudos del ganado, que los movían impensada-mente, que por el esfuerzo hecho para llegar.

Se recargaron en el muro y esperaron pacientes. Los ojos vivaces de Gabriel escudriñaban las ramas de los árboles que se perdían entre la penumbra, en busca del enigmático pájaro Toh. Volteaba también, inquieto, hacia uno u otro lado del corral, gozando el espectáculo del mar de testas puntiagudas y la morbosa emoción de verse situado entre ellas.

Poco a poco fueron definiéndose los objetos del paisaje y el ganado comenzó a inquietarse. Mamá Laura, sonriente, estoica, soportando los penetrantes humores, el pavor que le producían las enormes agujas cuatas de las astas en movimiento continuo, miraba con ternura el arrobamiento de su hijo y esperaba ansiosa que no le defraudara el alado morador de la noria.

Gabriel permanecía expectante, atento a todos los sonidos, cuando de pronto surgió de las entrañas de la noria el gutural sonido esperado: «tooooooh», que le iluminó el rostro y le hizo encaramarse de un salto sobre el muro contenedor, para tratar de ver en las profundidades al misterioso personaje alado.

-No, espera, -lo detuvo su madre-. No hagas ruido, déjalo cantar libremente, después saldrá a la luz del día. Ten paciencia y no te muevas.

El pájaro dejó escapar sus guturales lamentos ocho, nueve veces, y salió después majestuoso a posarse en una rama justo encima de la pareja. Los primeros rayos del sol se quebraron en su brillante plumaje verde azuloso, y el pájaro expandió el pecho para liberar una vez más su sonido peculiar.

Gabriel permanecía arrobado, hipnotizado por la majestuosidad de aquel pequeño ser mitológico que, ceremonioso, movía su larga y reluciente cola como el péndulo de un reloj.

Los minutos pasaban insensibles para el niño que permanecía estático, embelesado ante su nuevo descubrimiento, cuando desde el lado opuesto se escuchó otro canto gutural. Gabriel volteó el rostro y en su mente se dibujó una vez más la imagen tosca y terrible del monstruo de la noche anterior.

Mamá Laura dijo relajada:

-Es otro pájaro Toh que también saluda al sol esta mañana.

¿Sería?













GLOSARIO.-

HENEQUÉN: Variedad de agave o sisal.

PENCA DE HENEQUÉN: Hoja carnosa de la planta.

DIOS CHAC: En la mitología maya, dios de la lluvia, dios del agua.

CENOTE: Cavidad subterránea, caverna, gruta con manantial.

CHEL HÁ: Palabra maya; se traduce como “agua clara”.

HAMACA: Red que cuelga por los extremos y sirve de cama y columpio en ciertos países.

AYATE: Manta rala de maguey.

COPAL: Resina que se extrae de diversos árboles de las regiones tropicales. Sirve como incienso.

SAHUMADOR: Perfumador, vaso para quemar perfumes.

29 jul. 2008

LA ENVIDIA

Por Arturo Ortega

Entra
en tu sangre y la contamina / hace de ti
un malandrín del goce efímero
Ocupa
la raíz de tus huesos altivos /
y los corrompe

Ahuyéntala /
destiérrala de tu cerebro / de tu piel que arde
sedienta
de un instante de gloria /

Cuidado
es altamente dañina para la salud /
Puede
ocasionar en ti
Frustración
/ enojo
/ y rabia

26 jul. 2008

CARTA PARA EL CORONEL (V)

Por Antonio Castro Manzano


Con la captura de Alvaro, Germán y Alfonso, llegaron más detenciones. Los temores del médico resultaron fundados, pues en los días siguientes la policía realizó una serie de detenciones y cateos indiscriminados en busca de simpatizantes del sastre y sus amigos y de propaganda subversiva, atestando la prisión con gente inocente. Los oficiales revisaron palmo a palmo y hasta el último rincón cada una de las casas del pueblo sin encontrar nada. Solamente en el consultorio abandonado del médico, frente al puerto, fueron halladas algunas síntesis mimeografiadas de información clandestina. La policía revolvió en vano todo en busca de una pista furtiva para poder dar con el paradero del doctor, pero no encontró más que papeles y medicamentos caducos en el interior.

De Alvaro y sus amigos no se sabía nada a la fecha. Se especulaba que habían sido llevados a la capital para ser interrogados bajo tortura sobre sus nexos con el movimiento nacional rebelde, pero de igual forma corrían rumores infundados asegurando que los detenidos lograron logrado huir de sus captores y se internaron en las zonas más inaccesibles de la región. Las autoridades mantenían un silencio hermético en torno al asunto, mientras la madre de Alvaro encomendaba a su hijo a todos los santos noche tras noche para que velaran por su bienestar. En su corazón materno albergaba la remota esperanza de que su hijo hubiese podido escapar de las fuerzas policiacas y estuviese refugiado en algún sitio desconocido de los Llanos Orientales.

Las únicas personas del pueblo que por esos días no vieron alterada su paz aparente fueron el coronel y su esposa. El primero, vigilando la enfermedad de la asmática y ésta naufragando en la inconsciencia de su propia crisis.

Una vez fuera de peligro la anciana, el coronel centraba su atención en el gallo. Hacía casi una semana que no recibía entrenamiento y el día de la pelea se acercaba rápidamente. El escaso maíz que días antes de su detención llevaron German y los muchachos se lo comieron el animal y los ancianos y ahora no tenían con qué alimentar al gallo ni alimentarse ellos.

Aunque en el fondo detestaba al gallo —al que achacaba la culpa por la muerte de su hijo—, la anciana observaba con preocupación al coronel y no dejaba de sentir conmiseración por él por aferrarse al animal como única solución posible a sus problemas.

En algunas ocasiones se le figuraba que más que en la carta, el coronel tenía cifradas todas sus esperanzas en el gallo y sentía tristeza por él.

—Ya deja de mirar a ese animal, que con mirarlo no ganas nada—, reprochó la asmática.

—Estoy pensando qué tan sabroso sería disfrutar un sancocho de gallo de novecientos pesos—, respondió el anciano al verse sorprendido ensimismado en el animal.

—Ni lo digas, que con tantas cosas que hemos pasado por ese avechucho seguro se nos indigesta y al día siguiente nos entierran juntos a los tres—, replicó la asmática con fingido desinterés.

El coronel sonrió para su interior. Conocía bien el sentimiento de su esposa hacia el gallo y sabía que, si dependiera de ella única y exclusivamente, desde cuando habría tenido que malbaratarlo o, bien, comido un platillo donde el animal hubiese sido el principal invitado.

—Buenas tardes, compadre, comadre. Se puede... —. Era don Sabas, cuya presencia inesperada sobresaltó al coronel.

—Faltaba más, compadre. Pase. Entre por favor. Qué lo trae por aquí—, preguntó el anciano simplemente por preguntar. Aunque lo había olvidado por la enfermedad de la asmática, la presencia del ganadero le recordó de golpe la promesa de venta del animal que empeñó con él. Una semana antes don Sabas le entregó sesenta pesos como adelanto por la compra del gallo, ofreciendo pagarle el resto, hasta completar cuatrocientos pesos, el lunes siguiente.

Don Sabas, imbuido en sus propios asuntos, ignoraba la crisis a que se había visto sometida la anciana en esos días, pero tampoco le habría importado demasiado de saberlo. Si no acudió el mismo lunes por el gallo fue porque las ganancias que le reportaron la venta de algunas reses eran infinitamente superiores que los seiscientos pesos que le daría a ganar la reventa del animal.

—Pues nada, compadre, que pasaba por aquí y me dije: Sabas, serías muy mal compadre y te pasarías de descortés si no llegas a saludar a los compadres y te cercioras con tus propios ojos si están bien—, respondió el hacendado con mal simulada preocupación. —Con eso de la boruca que se trae todo el pueblo por esos revoltosos que apresaron, y sin saber nada de ustedes, francamente me sentí preocupado y vine a darles una vueltecita.

El coronel sabía que su compadre mentía cabalmente. Muy contadas ocasiones antes había acudido a visitarlos hasta su propio hogar y sus palabras sonaban huecas. Su único interés era el gallo.

—Gusta tomar algo—, preguntó el coronel a sabiendas de que, de no ser agua sola, no podría cumplir su ofrecimiento.

—Agua, compadre. Por favor un vaso de agua—, pidió don Sabas. El coronel se sintió aliviado. —Hace un calor terrible.

El anciano se dirigió a la cocina y a los pocos minutos regresó con el tarro lleno de agua.

25 jul. 2008

CUENTOS RAPIDOS PARA LECTORES APRESURADOS (IV)

Por Eligio Coronado

INDICACIONES


No conozco a las jirafantes. Sólo sé que vuelan.


Mi pluma escribe su propia obra.


Después de tantos gritos y desmayos, lo he comprendido todo: el fantasma soy yo.


Nadie platica con él porque siempre cae en lagunas mentales. Lo malo es que salpica.


“¡Al manicomio no! ¡Al manicomio no!”, gritaba aquel enfermo dental.


El día se quedó dormido y nadie pudo encender los resplandores del alba.


A diario cruzo por el abismo de la página.


Fui al valle de la soledad y allí estaban todos.


Anoche un insomnio me convirtió en pastor y tuve que contar ovejas hasta el amanecer.


Esta noche el insomnio contará ovejas en mis sueños.


Al fundar este pueblo espero que la historia no se lo atribuya a otro.


He fundado pueblos hasta en la memoria de los historiadores.


Debo a los historiadores la mayoría de mis hazañas.


El presupuesto sabe a dónde iremos de vacaciones.


Todos los cielos que conozco se han caído.


Ellos viven del aire: son globeros.


Vive en un espacio de papel: es escritor.


Finalmente nos fuimos con la música a otra parte, pero también de allá nos corrieron.


Unas cuantas luciérnagas bastaron para manchar de luz la oscuridad.


El asombro congela el jardín: somos estatuas momentáneas.


Jorge se ha ido. Las cantudelas están tristes.


En el parque donde nada es real, Lennonio el Morso imagina que yo lo escucho cantar.


Es por demás: este lápiz nunca aprenderá a dibujar.


La víctima se fue de inmediato al otro mundo.


Se abrió el corazón como si fuera un libro y arrancó todas las hojas.

14 jul. 2008

CARTA PARA EL CORONEL (IV)

Por Antonio Castro Manzano

Los acontecimientos que siguieron llegaron en tropel. La anciana sufrió las noches más terribles y los días más aciagos de los últimos años a causa del volcán en erupción de sus bronquios. Agravó de tal forma que permaneció inconsciente en su lecho mortuorio durante tres días, sin que el coronel se apartara un minuto de su lado ni para atender al gallo, verdaderamente alarmado por su precaria salud y supliendo la ausencia del médico, quien huyó con rumbo desconocido al enterarse de las detenciones.

La primera noche la asmática no paró de toser piedras y soplar pitos mientras jalaba aire fresco y expelía fuego por la boca entreabierta. El coronel creyó que la anciana no vería la luz del día siguiente y que, si lo hacía, sería por un verdadero milagro, aunque él decía que estaba vacunado contra milagrerías. El medicamento escaseaba y no tenía ni quinto para surtir nuevamente la receta. En su última visita, el doctor le dejó algunas muestras gratuitas que obsequiaban de vez en vez los agentes de los laboratorios para experimentar los nuevos medicamentos entre sus pacientes, pero se habían agotado.

Angustiado por la intensa fiebre que se ensañaba con la anciana, el coronel sólo acertaba a aplicarle compresas de agua fría en la frente, con la débil esperanza de que de esa forma registrara algún alivio. Las primeras dos noches en vela fueron terribles pero nada comparado con la tercera. Más de sesenta horas en vigilia continua habían hecho, finalmente, estragos en el viejo y fatigado cuerpo del coronel. Por fin, el cansancio y la desesperanza hicieron presa del anciano en la madrugada del jueves.

Fue así como, agotado, vio a través del mosquitero erguirse e incorporarse sobre su lecho de muerte a la anciana, sin apenas apoyar los pies sobre el piso de tierra viva. La asmática lo observaba fijamente y se dirigía a él en un lenguaje que no oía ni comprendía. El coronel se restregó los ojos para asegurarse que aquello no era producto de un mal sueño. Cuando volvió la vista, la anciana continuaba ahí en una charla animada con alguien que él no alcanzaba a apreciar en la habitación sombría. Parecía contenta. Sonreía y abrazaba el vacío con el mismo amor con que se da la bienvenida al hijo ausente que retorna de un largo viaje. El rostro estragado de minutos antes había cedido su lugar a una cara resplandeciente de alegría.

El coronel no supo más. Unos párpados de losa cayeron pesadamente sobre sus ojos e indefinidamente vagó por el tiempo en un sueño dulce y profundo que fue interrumpido estrepitosamente por el grito firme y autoritario de la anciana.

—Despierta, flojo. Son más de las nueve y tú ahí dormidote. Ya descansarás a tus anchas cuando hayas muerto.

Había amanecido plenamente y los rayos del sol se colaban hasta el último rincón. El gallo hambriento y frustrado de cantar sin despertar a nadie se dedicaba a escarbar con las patas en el patio en busca de alguna lombriz extraviada.

El coronel se incorporó pesadamente con el cuerpo dolorido por la silla de velar y se estiró lo largo que era para sacudirse la pereza. En el jardín, la anciana cepillaba su pelo de plata y mataba los piojos que se habían multiplicado con la fiebre, cobijada por la formidable sombra que proyectaba un frondoso árbol y entonando un alegre estribillo de una canción de moda con tanto entusiasmo que, al percatarse de ello, se reprochó a sí misma de haberse olvidado por segunda ocasión en tan breve lapso de que Agustín todavía no cumplía el año de fallecido.

El coronel la descubrió a lo lejos, desconcertado, sentada en una mecedora. Nadie que no conociera de antemano a la asmática podría afirmar esa mañana que unas horas antes hubiese estado en el umbral de la muerte. Lucía radiante y llena de vida. El coronel llegó con paso vacilante hasta donde se despiojaba y la contempló unos segundos con ojos de asombro. Comparado con la anciana, el enfermo parecía él: ojeroso, pálido y sucio. Perturbado, sólo atinó a preguntarle cómo se sentía.

—Eres tonto o te haces. Lo que se ve no se pregunta—, respondió con su voz de lija.

—Pero... hace apenas unas horas delirabas de fiebre. Creí que en cualquier momento morirías sin que yo pudiera hacer algo...—, balbuceó el anciano.

—Anoche vino Agustín—, dijo ella hoscamente y sin dejar de cepillarse los hilos de acero que se deslizaban sobre sus hombros y sin levantar la vista. —Dice que está muy preocupado por la situación tan crítica en la que nos encontramos.

7 jul. 2008

CUENTOS RAPIDOS PARA LECTORES APRESURADOS (III)


Por Eligio Coronado

INFORMACIONES


SE REPARAN conciencias a domicilio.


TRASPASO infierno personal por vacaciones.


OBRA en proceso solicita personajes. Inútil presentarse sin referencias.


OCTOGENARIA cambia piano de cola por fantasma.


FANTASMA cambia octogenaria por piano de cola.


ESCOBA desea superarse: tomará clases de vuelo.


SE QUEJA el presupuesto de rudeza innecesaria.


ESTE SUEÑO es propiedad privada. No se admiten curiosos.


ESTE parque desaparece por las noches.


LIBRO en proceso: no lo consuma hasta que sus hojas hayan madurado.


A ESTE mapa de ninguna parte le faltan los puntos cardinales.


CANCELAN juicio final por falta de patrocinadores.


“¡SE INFORMA a todos los usuarios que esta biblioteca está a punto de cerrarse como un libro!”.

28 jun. 2008

CARTA PARA EL CORONEL (III)

Por Antonio Castro

Más que el dinero para sobrevivir hasta el día de la pelea, al coronel le obsesionaba la idea de reunir los sesenta pesos que su compadre Sabas le había dado de adelanto por el gallo, y deshacer la promesa de venta que había formulado con el padrino de su hijo fallecido.

Si por desgracia había recurrido a su compadre y se vio obligado a aceptar esa cantidad fue porque se hallaba angustiado por la enfermedad eterna y los lamentos perpetuos de la asmática.

Además, don Sabas le había asegurado que el gallo no valía menos de novecientos pesos, pero cuando acudió decidido a hacer el trato y a llevarse esa suma su compadre se retractó y le ofreció únicamente cuatrocientos pesos.

Buscando la manera de obtener un beneficio mayor en la operación, don Sabas argumentó que en otro tiempo aquél hubiera sido un buen negocio para ambos, pero que en ese momento el riesgo de salir muerto a tiros en la gallera era demasiado.

Hasta el médico del pueblo, quien fue testigo ocasional de la conversación mientras preparaba al diabético para un viaje de días, consideró ridícula la cifra que don Sabas ofreció a su compadre, pero prefirió guardar silencio frente al hacendado.

Más tarde, caminando a solas por las calles del pueblo con el coronel, aventuró que don Sabas seguramente revendería el gallo por una suma superior a los mil pesos.

La cosa es que ahora el coronel no contaba más que con veintinueve pesos, pues no bien había comentado a su esposa la oferta que le formuló su compadre cuando aquella ya había distribuido mentalmente hasta el último centavo. Cuando llegó con los sesenta pesos la anciana se vio en la necesidad de ajustarse al presupuesto real. Como quiera que sea, puso en juego sus habilidades y hasta un par de zapatos nuevos compró para su esposo. Los turcos repelaron cuando vieron las suelas gastadas, argumentaron mil cosas pero, finalmente y con una resignación mal fingida, aceptaron la devolución que hacía el coronel.

Son trece pesos más para mi compadre—, dijo el anciano cuando tuvo el dinero en las manos.  —Ya nomás faltan dieciocho.

Esto recordaba el coronel cuando la puerta se abrió frente a él. Una mujer diminuta y de aspecto frágil lo invitó a entrar al reconocerlo y le invitó algo de beber.

—Recién almorcé y aún me siento lleno—, mintió por costumbre el ex revolucionario. —Pero para no desairarla, que no es de caballeros, le acepto una taza de café.

La mujer se dirigió a la cocina y unos minutos más tarde retornó con la aromática infusión.

Al igual que todos, ella conocía al coronel y a su esposa y no ignoraba que, en espera eterna de una carta, el coronel había dejado transcurrir lastimosamente los últimos años de su vida como corre libremente el agua por el arroyo.

Quince años después de haberse retirado, el coronel aún mantenía la esperanza viva del primer día. Estaba seguro que en cualquier momento llegaría la anhelada misiva y, con ella, su pensión de veterano y el reconocimiento, con todos los honores que merecía un hombre como él, que los había ganado a pulso sirviendo a su patria con las armas en los tiempos de combate y a su partido en la trinchera de una casilla en periodos electorales.

Viernes tras viernes, con una constancia y asiduidad religiosa, bajo la ardiente y amarillenta cortina de plomo solar o desgajándose en llanto el cielo, el coronel acudía al puerto con el corazón en la boca a esperar el correo, obteniendo invariablemente la misma respuesta: no. «Hoy tampoco hay carta para el coronel».

—Y ese bulto que tiene bajo el brazo, qué cosa es, coronel—, preguntó tímidamente la mujer intrigada por el voluminoso paquete.

—Y Alvaro, todavía no se levanta—. El coronel respondió la pregunta con otra pregunta, evadiendo abordar con la mujer el asunto que lo había llevado hasta ahí.

—Alvaro no está en casa, coronel—. La mujer fijó su mirada en los ojos almibarados del anciano, tratando en vano de hurgar en el laberinto de sus pensamientos.

—Seguro regresa más tarde, no es verdad—, preguntó cándidamente el coronel, ajeno a los acontecimientos que habían sacudido al pueblo la noche anterior.

—No sé. No lo sé. No estoy segura si volveré a verlo alguna vez en la vida—, dijo la mujer rompiendo en llanto reprimido. Había hecho un gran esfuerzo por contener las lágrimas frente al anciano, pero no pudo soportar más. Con su propio pesar a cuestas, el coronel había sido incapaz de advertir la congoja de la mujer.

—Fue apresado anoche en el billar, con esos papeles que dicen cosas malas del gobierno, y no sé a dónde se lo llevaron—, dijo la mujer con la voz hecha añicos. —También se llevaron a Germán y a Alfonso. Muchas veces le advertí que se iba a meter en problemas y ya ve, jamás me hizo caso. Yo le dije... Se lo dije...

Aunque era un riesgo que estaban acostumbrados a correr todos los días desde hacía algunos años, el coronel no pudo menos que sorprenderse por la noticia. El mismo en algunas ocasiones se encargó personalmente de hacer circular entre los simpatizantes de la causa las hojas clandestinas que llegaban al pueblo quién sabe por qué medios, pero que invariablemente caían en sus manos a través del médico o de Alvaro.

“Carta de Agustín, coronel”, o “Agustín escribió otra vez”, decían en forma de clave al anciano y le entregaban a la vez un discreto paquete de hojas mimeografiadas.

Las palabras de la mujer hicieron el efecto de una barrenadora que le perforó las paredes de la memoria hasta poner al descubierto la trágica escena de la muerte de su hijo, acribillado en una gallera por el fusil de un diminuto policía de aspecto aindiado, con la piel curtida y un tufo infantil que tuvo la oportunidad de comprobar él mismo más tarde, mientras se dedicaba a distribuir por lo bajo propaganda clandestina.

Ese día salió Agustín con su gallo bajo el brazo, sin atender las palabras de su madre, rumbo a las galleras, con una sonrisa a flor de labios.

Meses más tarde y rememorando el trágico acontecimiento, la asmática recordó ante el coronel que ella misma le advirtió a su hijo que no fuera a buscar una mala hora en la gallera y que Agustín se había limitado a mostrarle los dientes y a decirle que se callara, porque esa tarde iba a ganar tanta plata que no sabría en qué gastarla.

Esto ocurrió exactamente el tres de enero. Once meses después, el coronel conoció al hombre que asesinó a su hijo al caer inocentemente en una batida policiaca en el billar, con una hoja clandestina que le entregó minutos antes Alvaro y que guardaba celosamente en el bolsillo de la camisa.

El coronel sintió la frialdad del fusil en la espalda, giró sobre sus talones sin levantar las manos y se sintió tragado con todo y botines, triturado, digerido e inmediatamente expulsado al enfrentarse a unos pequeños y redondos ojos de murciélago sin vida que lo miraban sin pestañear. El policía lo observó el tiempo suficiente para percatarse de quién se trataba, impávido, agazapado tras una máscara de piedra. Bajó levemente el fusil, se hizo discretamente a un lado y sin el menor asomo de simpatía permitió al anciano que abandonara el lugar.

—Pase usted—, dijo.

Alvaro y sus amigos también fueron puestos en libertad luego de un profundo interrogatorio sobre el origen de los panfletos que circulaban desfachatadamente por el pueblo. Todo le negaron y aceptaron nada.

En esta ocasión las circunstancias eran diferentes. Habían sido sorprendidos con la propaganda antigobiernista en el instante mismo en que la hacían circular entre los parroquianos. Sin poder negar los hechos fueron arrestados y conducidos a los separos de la policía para ser interrogados.

Desde el dormitorio, la anciana vio regresar en silencio al coronel, con el rostro lívido de quien acaba de escuchar su sentencia de muerte, cruzar el patio, dirigirse a la cocina arrastrando unos pies de plomo, coger un tarro y servirse agua fresca del jarrón de barro cocido de encima de la mesa. Observó cómo bebió lentamente el líquido cristalino con la mirada perdida en el horizonte de la nada. Lo vio servirse un poco más, terminar de beber, dejar el tarro sobre la mesa y desplomarse con todo el peso de sus años sobre la mecedora.

Fue entonces y sólo en ese instante cuando decidió salir del mosquitero y como pudo se arrastró hasta la cocina.

—Te compró Alvaro el reloj. Te dio menos de lo que pediste...—, preguntó afirmando por la enfermedad. —Seguro se lo empeñaste por nada. Seguramente eso fue. Pero sólo a ti se te ocurre. Sabes muy bien que no tenemos nada qué comer y tú con tus cosas. Y yo con esta enfermedad, que nada puedo hacer bien. Pero en este momento voy con Alvaro y...

El coronel volvió el rostro hacia donde se hallaba la mujer vociferando sin escuchar ni una palabra de lo decía. La veía mover los labios y gesticular airadamente, sí, pero en medio de su aturdimiento no acertaba a comprender. Aún no digería por completo la noticia de la captura de Alvaro y los demás muchachos. Si ellos lo denunciaban, en cualquier momento podrían venir también por él, pero eso realmente no le preocupaba. A nadie que hubiera vivido setenta y cinco años tan intensamente como él lo había hecho hasta ese día podría preocuparle una situación como esa, y mucho menos a alguien que combatió en las filas del coronel Aureliano Buendía. Además, su hijo Agustín había ofrendado su vida por una causa, por algo en lo que creyó hasta el momento mismo de su muerte, y él pensaba igual que su hijo sacrificado. No. Lo que realmente le preocupaba era la suerte de los detenidos. Sabía que si estaban en manos de la policía no saldrían vivos a menos que denunciaran a los cabecillas, pero también conocía a Alvaro y tenía la certeza de que preferiría morir antes de poner en peligro de abortar el movimiento que se gestaba a lo largo y ancho del país.

La anciana estaba a punto de reventar frente al silencio del coronel quien, impasible, se balanceaba lenta y rítmicamente en la mecedora.

—Pero, dime algo. Dime qué hiciste con el reloj. Contéstame. Habla, habla porque si no yo... —dijo la asmática sin poder terminar la frase.

—Anoche apresaron a Alvaro—, respondió el coronel a pausas. —Anoche, mientras nosotros discutíamos por el gallo, la policía capturó a Alvaro y a los muchachos y se los llevaron con rumbo desconocido. Nadie en el pueblo sabe dónde están. Los agarraron igual que Agustín, repartiendo propaganda. Pero esto ya no lo paran. Tendrían que arrestar a todo el pueblo y luego a todo el país para acallar la inconformidad, y eso está por verse.

—Y el reloj...—, preguntó la anciana por lo que verdaderamente le interesaba, ajena al movimiento de rebeldía que había brotado desde hacía diez años atrás en el país. Sabía que su hijo Agustín había sido acribillado en la gallera cuando repartía unos papeles extraños, pero achacaba el crimen a asunto de gallos.

También ignoraba que el anciano ex combatiente era activista y que distribuía esporádicamente las síntesis mimeografiadas a sus copartidarios, y que estos a su vez hacían circular clandestinamente por el pueblo, con revelaciones sobre el estado de resistencia armada en el interior del país.

—...Y el reloj—, insistió.

—El reloj ya no nos pertenece—, respondió el coronel.

—Y los cuarenta pesos, porque te dieron los cuarenta pesos por él, verdad—, preguntó angustiada la anciana.

—No...—, respondió con serenidad el coronel. —Ahora no tenemos ni reloj ni dinero. El reloj se lo dejé a la mama de Alvaro para que lo venda o lo empeñe. Ella va a necesitar más que nosotros ese dinero para buscar a su hijo.

—Y nosotros... qué hacemos mientras tanto—, cuestionó la asmática en medio de un acceso de tos.

—Nosotros... nosotros ya estamos tan acostumbrados a comer aire que si dejamos de hacerlo un sólo día seguramente nos morimos de hambre al día siguiente—, dijo el coronel subrayando una a una las palabras, con una frialdad que convulsionó a la anciana.

24 jun. 2008

CUENTOS RAPIDOS PARA LECTORES APRESURADOS (II)


Por Eligio Coronado

INQUISICIONES


¿Y DIOS, al despertar, se mira en el espejo del mar?


HAY MUSICA en el árbol, ¿qué pájaro la deposita?


¿A DONDE iría el bullicio sin la calle?


¿A DONDE van las escaleras cuando salen de vacaciones?


¿Y AL VIENTO quién lo despeina?


¿A DONDE van los gritos cuando no hay oídos cercanos?


¿QUE TAN profundamente duermen las almohadas?


¿CUANDO madurarán las hojas de mis libros?


¿SUEÑAN los árboles con otras clorofilas?

¿COMO se orienta uno en la tierra del sueño?

23 jun. 2008

LA VOLUNTAD ES LEY (II)


Por Antonio Castro Manzano

Despertarás cuando el sol se encuentre en todo lo alto, fatigada y con los ojos de sapo por la mala noche que te provocó aquella carta inesperada que te hizo padecer la ausencia de sueño y te sumió en un llanto prolongado e irrefrenable. 

Como te sea posible, te levantarás y te meterás a la ducha para reanimar los sentidos mientras  las habitaciones contiguas permanecen vacías, pues tus hijos salieron temprano. Disfrutarás cada una de las refrescantes gotas de agua viva que caen en tu cabeza y se deslizan suavemente por hombros, vientre y pies, e intentarás prolongar indefinidamente el placer que te brinda la agradable sensación del liquido tibio y cristalino que recorre tu cuerpo de aún dama joven. Cuando estés satisfecha, saldrás de la regadera y, sin prisas, con una toalla frotarás pausadamente cada parte de tu cuerpo, te observarás en el espejo para comprobar el deplorable estado físico en que te encuentras y que se refleja fielmente en tu rostro, te alisarás el pelo y te enfundarás lo que encuentres a la mano, un pantalón corto y una blusa o un vestido ligero que te permita estar visible por si llegan visitas inesperadas pero también con el cual podrás dedicarte a las labores domésticas sin temor a dañarlo.

Con el pelo aún escurriendo, descenderás la escalera y llegarás a la cocina. Por unos segundos permanecerás indecisa frente a la puerta. ¿Te prepararás un café o darás antes de comer a los gatos? Atenderás a los gatos, sí. Con la bolsa de croquetas en las manos, saldrás al jardín-cochera para alimentar a los que ahí alojas y amorosamente los acariciarás mientras se satisfacen, y luego te dirigirás al patio trasero donde te esperan permanentemente hambrientos tus otros huéspedes distinguidos, los más pequeños, esos que no pueden valerse por sí mismos y que se abalanzan hacia ti apenas advierten tu presencia y, zalameros como son, se untan en tus piernas para agradarte y granjearse su comida. Aprovecharás esos momentos para contemplarlos con largueza y preguntarte cómo es posible que animalitos que no tienen la virtud del raciocinio, como son tus mascotas, sean más fieles que el propio ser humano, que se considera a sí mismo el rey de las especies. Sin encontrar una respuesta congruente y satisfactoria, te encogerás de hombros y retornarás a la cocina, guardarás en la alacena la bolsa de alimento y pondrás a hervir agua para prepararte el café.

¿Y... si abortaras?, rebotarán de pronto las palabras en tu mente y en tu corazón y se te romperá nuevamente el alma al recordarlas como si hubiese sido apenas ayer, como aquella tarde gris de septiembre y, también como aquél frío atardecer, te repetirás que no. No y mil veces no. Aunque te sabías frente al cadalso, pensarás, tu instinto maternal te ordenaba no echar ni un paso atrás y dar a luz a aquella criatura que no te había pedido venir al mundo y que, aunque no estaba en tus planes concebir un hijo, no aún, no podrías convertirte en una asesina y matarlo antes de nacer. Tus proyectos personales, tus ilusiones, reconocías muy a tu pesar, tendrías que posponerlos para mejor ocasión. No serías la primera ni la última ni la única. Y reconocerás que así, de pronto, en un chasquido de dedos, toda tu vida había dado un vuelco de noventa grados. Pensarás que si en alguna ocasión, como lo hiciste infinidad de veces, acariciaste el anhelo de incursionar profesionalmente en el teatro, en el canto o en alguna otra actividad cultural que tanto te agradaban, esa posibilidad ahora estaba temporalmente, quizá permanentemente, cancelada. El padre del niño, el padre del niño que hiciera lo que gustara. Tú estabas decidida a aceptar tu responsabilidad y a convertirte en madre contra todos los pronósticos.

Y revivirás la imagen cuando, años después, él se marchó argumentando que necesitaba su propio espacio y te repetirás que tú no forzaste a nadie a hacer algo contra su voluntad y, por el contrario, diste libertad para elegir. Fuiste clara, explícita. La respuesta no dependía de ti, recordarás, y, si asintió, si se engalló para responder como hombrecito —que no lo era— y responsabilizarse de sus acciones, fue su problema. ¡Bonita cosa!, te dirás. Hombrecito debería ser ahora, que abandonó a su mujer y a sus dos hijos para irse quién sabe a dónde y con quién. Con alguna puta —¡ay, Dios mío, perdóname—, si, seguramente con alguna puta, pues siempre fue un cabrón el mosquita muerta. Y llegarán galopando a tu mente recuerdos adormecidos que habías decidido no despertar por dolorosos, como el día que nació tu primer hijo y aquella desgraciada tuvo la desfachatez de llamarte hasta tu propio lecho de recién parida para felicitarte por el acontecimiento y cuando, agotada como estabas, le agradecías su gesto y sus palabras de aliento y le preguntabas cándidamente de parte de quién, solamente se limitó a responder, con su vocecita de mierda, que era “la otra”. Y nuevamente querrás tenerla entre tus manos, como lo anhelaste aquella ocasión, al imaginar cómo se habrá reído de ti la muy maldita, para ahora sí estrangularla lentamente y sin piedad. Y luego verás cuando horas más tarde llegó el apocado de tu marido y, al verte bañada en lágrimas, preguntó con una candidez propia de él que rayaba en la estupidez, qué te ocurría. ¡Qué te ocurría! Recordarás que, aún dolida y dolorida como estabas por el reciente alumbramiento, escuchaste con paciencia franciscana sus argumentos pueriles negando siempre una relación más allá de una simple y pura amistad con aquella mujer y que no le creíste por inverosímil. Y te preguntarás sin responderte si el infeliz te creería una pendeja o en qué concepto te tendría, porque cómo era posible que si no había una relación mas que de amistad, como afirmaba, se hubiese atrevido a tanto la desdichada. Y te dirás que, para entonces, los muy desgraciados ya hasta se habrían revolcado. Ah, pero ahí no paró la cosa, no, recordarás. Y recrearás mentalmente la escena en que una tarde, años después, un amigo de la familia llamó para decirte que tu marido te engañaba con aquella de la que tú siempre sospechaste, y le pediste pruebas de ello para restregárselas en el hocico al muy canalla que siempre negaba todo, y cómo decidiste, mejor, confrontarlos cara a cara para ver la reacción de ambos y saber cuál de los dos mentía y, no obstante que era palabra contra palabra y que las supuestas pruebas de la traición no parecían del todo convincentes, te inclinaste por la versión del extraño porque, pensaste, como tal no tenía necesidad de alterar la verdad. Y aunque tu hombre te juró que nada tenía qué ver con aquella mujer de la sonrisa tatuada, mas que lo que significaba una relación de amistad y de trabajo, el gusano barrenador de los celos ya estaba hospedado en tus carnes y en tu mente y nunca más lo podrías extirpar. Si no había nada entre los dos, como lo afirmaba, por qué ese interés desmedido de su parte en saber de ella, en buscarla, en propiciar su encuentro, te cuestionarás. Por qué ese entusiasmo, ese brillo en los ojos al referirse a ella. ¡Al diablo con ese cuento! Y luego, la ocasión que te encaró diciendo que la fulana era su amiga, te gustara o no, y que no pensaba dejar de frecuentarla solamente porque así lo querías. Por ello, no tendrás empacho en justificar, cinco años más tarde reaccionaste como la mujer ofendida  por el adúltero que eras, pues ya tenías pruebas, ahora sí, del engaño.

A través de las lágrimas que se precipitarán a tus ojos, verás por enésima ocasión a tu pequeña hija correr entusiasmada hacia el teléfono para contestar antes que su hermano y cómo quedó pasmada, sin saber qué responder, cuando la voz al otro extremo le preguntó algo que no comprendió pero que le provocó un malestar inmediato. Y luego, cuando lentamente te extendió la bocina para informarte, con su vocecilla atiplada e inocente, que alguien preguntaba que si ahí vivía el novio de la casquivana, porque tenía algo para ella que debía entregarle urgentemente. Te será difícil entender cómo fue posible que tú, con tu carácter explosivo, hayas tenido las agallas suficientes para controlarte y no mandar a la chingada al tipejo que te pedía que trasmitieras el mensaje más adelante, y te justificarás pensando que lo hiciste para, por fin, reunir las pruebas necesarias de su infidelidad. E inmediatamente después lo verás llegar de regreso del trabajo, al desplomarse el sol, con ese bien estudiado gesto de cansancio y hastío que pretendía levantar una barrera de silencio entre los dos que no podría ser derribada, misma que se transformó en sorpresa y risas nerviosas cuando le dijiste, haciendo de tripas corazón y con la voz más serena y modulada que pudiste, que habían llamado para que pasara a recoger una carta de recomendación para su novia. Recordarás cómo el muy cabrón hasta tartamudeó al verse descubierto y sin saber qué responder, pero negándolo siempre, y cómo, finalmente, había rodado la careta que ocultaba su verdadero y truculento rostro y, lo que era mejor, frente a los ojos de sus propios hijos. Y te verás esa madrugada sentada sobre la cama, frente a él, blandiendo el cuchillo cebollero, decidiendo si valdría la pena mancharte las manos y acabar de una vez por todas con el adúltero y contigo misma mientras, al parecer, él dormía plácidamente. Y te gozarás hasta la saciedad al recrear mentalmente su rostro de pánico cuando abrió los ojos desorbitados, y más cuando descubrió el brillo del arma que sujetabas firmemente en la diestra y te preguntó en tono suplicante qué ocurría: ¿Qué pasa, Adriana...? ¿Para qué quieres ese cuchillo? Y tú te limitaste a mostrárselo abiertamente y a sonreír amargamente divertida de su miedo, para luego incorporarte en silencio y contemplarlo de pie unos minutos más antes de abandonar la recámara, dejándolo petrificado sobre el lecho. Y con el paso de los años agradecerás a Dios el momento de lucidez que en ese preciso instante surcó como cometa por los cielos de tu mente obnubilada y con su estela de cordura te impidió actuar como la mujer ofendida que eras porque, con ello, evitaste dejar huérfanos a tus hijos. 

No obstante, a la luz de los nuevos acontecimientos, te preguntarás ahora si lo que hiciste fue en verdad lo más correcto o debiste haber terminado con todo, de manera definitiva, aquella pinche ocasión.

17 jun. 2008

KRYPTONIANOS


Por Eligio Coronado

Antonio Castro Manzano y yo somos de kryptón. Un día nos vinimos de rol a la tierra y se nos pegó Kal-El, un amigo del barrio. Al llegar a este planeta descubrimos que teníamos superpoderes y decidimos ayudar a la gente. Pronto adquirimos notoriedad y eso nos acarreó algunos enemigos. Uno de ellos, Lex Luthor, acicateado por la envidia, decidió acabar con nosotros para apoderarse del mundo. A Antonio y a mí nos anuló inyectándonos una substancia llamada kryptonitosa. Con Kal-El no pudo porque éste, mediante un súbito cambio de dimensión temporal, logró eludir el ataque y sometió a su némesis. Luthor, con la derrota, perdió su status de supervillano y la Oficina General de Patentes ya no se la quiso renovar. Del coraje, hasta el pelo se le cayó.

Antonio y yo, reducidos ya a simples mortales, tuvimos que elegir alguna actividad para ganarnos la vida. Yo escogí ser escritor porque sabía que autores como García Márquez o Carlos Fuentes ganaban millones. Antonio prefirió ser editor porque pensó: “Si eso ganan los escritores, ¿cuánto no ganarán los editores?”.

Kal-El, también llamado Supermán, al no tener rivales de categoría reconocidos por la Comisión Mundial de Supervillanos, se aburría terriblemente hasta que la televisión le dio trabajo en una serie llamada Smallville (Villachica para los cuates), donde enfrentaba toda clase de peligros, oculto en la subidentidad de Clark Kent. Lex Luthor, al enterarse, le fue a solicitar trabajo, culpándolo de su indigente situación. Kal-El, como todo noble kryptoniano, le tendió la mano y ahora Luthor hasta carro tiene (una carcacha noventera de marca descontinuada). Incluso llegó a tener novia en la serie (Lana Lang, después de una jugosa renegociación contractual de la actriz que la interpreta).

Antonio y yo también acudimos con el ahora seriealizado Kal-El, pero cometimos un error: le pedimos papeles de galanes. Kal-El nos desarmó de inmediato: “¿Con esa cara? Si acaso se las daría de villanos, no más”. Antonio y yo reaccionamos con encono kryptoniano: “¡Qué la kryptonitosa te acompañe!”.

Hoy en día nuestra amistad es unilateral. Cuando nos encontramos con Kal-El, él de inmediato nos da su autógrafo y se aleja volando velozmente. No lo culpamos. Antonio y yo sobrevivimos con dignidad. Sólo esperamos que cada día no den un plato de comida o el Premio Nobel de Literatura. Lo que ocurra primero.

16 jun. 2008

CUENTOS RAPIDOS PARA LECTORES APRESURADOS (I)


Por Eligio Coronado

INDISCRECIONES


NOSOTROS inventamos las sábanas, ellas a los fantasmas.


EL ZOOLOGICO estaba incompleto: faltábamos nosotros.


A ESA PELOTA todo se le resbala.


LOS ELEFANTES no le temen a las elefantasmas.


CUANDO ella besa mueve las alas.


A LAS PAREDES les gustaría corretear un poco.


LAS ALAS se me atrofian con la lluvia.


AL RUIDO le crecen alas si lo asustas por la espalda.


ES MAL geógrafo de sí mismo: no sabe dónde tiene el valle de la soledad.


NO VOLVERE a morirme: los buitres te picotean hasta la conciencia.


CUANDO estoy triste me inclino por ser árbol.


¡QUE FRAGILES son los sueños de luz de algunas lámparas!


ESTA LLUVIA necesita bastón para apretar el paso.


EL SUEÑO que compré en abonos se convirtió en pesadilla.


LA MARIPOSA de papel le teme a la lluvia.


CUANDO toma agua, ese fantasma se pone un cuerpo para no mojar la alfombra.


ES UN tipo muy raro: no comparte con nadie su neurosis.


LOS MANIQUIES detestan la ropa de segunda.


SOY UN  espejismo en el desierto de mi vida.


AMABA tanto aquella palabra que sólo ésa decía.


PUSIERON el grito en el cielo y después no pudieron bajarlo.

9 jun. 2008

CARTA PARA EL CORONEL (II)


Por Antonio Castro

Aunque ya era muy entrada la mañana, la sastrería estaba cerrada ante la extrañeza del coronel. Fue hasta entonces que cayó en cuenta que las calles polvorientas se encontraban desiertas porque era día de descanso.

De por sí, entre semana solamente se podían ver unas cuantas almas trajinando de un sitio a otro, como vagando sin rumbo fijo, dando al lugar el aspecto lúgubre de un pueblo fantasmal. A la hora de comer el pueblo entero entraba en una especie de sopor y todo el mundo dormía la siesta, pero por las tardes renacía la actividad y los hombres se reunían invariablemente en el billar a jugar al pool o la ruleta, mientras las mujeres continuaban con las labores del hogar y los chiquillos correteaban alegremente por las calles.

Aliviado de pasar desapercibido cargando semejante bulto —«me van a sacar en una canción de Rafael Escalona», temía—, y por no hallar a Alvaro, el coronel decidió regresar a casa, pero inmediatamente desistió al pensar en los reproches que le haría su mujer por volver con el reloj a cuestas.

“Aquí no vuelves sin el dinero”, le había advertido días antes la anciana mientras descolgaba ella misma la máquina de la pared y se la entregaba envuelta en papel periódico en sus propias manos. “Le llevas en este momento el reloj y le dices: Alvaro, aquí le traigo este reloj para que me lo compre. No habrá necesidad de más palabras porque entenderá enseguida”.

Y así lo hizo. Sin embargo, la presencia desafortunada de los amigos de Agustín en la sastrería obligó al anciano a que en el último instante diera marcha atrás en sus intenciones.

Cuestionado por Germán, el coronel argumentó con la sangre agolpada en el rostro que llevaba el reloj al alemán para que lo compusiera. Germán, que sabía tanto de las cosas de la vida como de mecánica, insistió en examinarlo él mismo y, tras una revisión rápida y superficial, lo regresó al anciano.

—Ya está—, dijo. El coronel tomó el bulto y retornó presuroso a casa.

Las cosas pintaban peor para la pareja de ancianos ahora que en aquella ocasión. El coronel sabía que o vendía el reloj a Alvaro o la asmática vería la forma de deshacerse del animal para hacerse de unos pesos. “Si no hay para más, por lo menos comeremos sancocho de gallo”, dijo la anciana en tono amenazante una ocasión desesperada.

Alentado por la simpatía que Alvaro manifestó siempre por Agustín en vida y por él mismo, el coronel encaminó sus pasos hacia la casa del sastre.

El anciano era de ideas largas pero de verbo corto y mientras andaba repasaba mentalmente la forma en que abordaría el asunto con el antiguo patrón de Agustín y amigo suyo por herencia de su hijo.

«Alvaro, tú sabes el valor que tiene para nosotros este precioso reloj de pared, que por nada del mundo nos desharíamos de él, tú lo sabes bien, pero dada la situación transitoria por la que atravesamos te lo vengo a ofrecer por tan sólo cuarenta pesos...».

O: «Alvaro, vengo a empeñarte este fino reloj de péndulo por solamente cuarenta pesos. El veinte de enero el gallo paga, y con intereses...».

Rápidamente botó ambas ideas al cesto de la basura porque revelaban abiertamente su precaria situación y podrían dar pie a que Alvaro le comprara el armatoste únicamente por lástima.

Lo que el coronel pretendía ocultar era de sobra conocido por los vecinos. Todos en el pueblo conocían las condiciones precarias en que se encontraban el coronel y su anciana esposa tras la muerte de Agustín, casi un año antes, aunque ellos se empeñaban sistemáticamente en negarlo por un orgullo mal entendido: “Agustín nos dejó unos centavitos. Con ellos la vamos pasando”, decían hasta a quien no se los preguntaba.

Los ancianos hablaban con la verdad, pero era una verdad a medias, pues los escasos ahorros del difunto hacía ya muchos ayeres que se los había comido el gallo.

Ahora recurrían a Alvaro nuevamente confiados en que éste les había comprado la máquina de coser de Agustín recién sepultado, sin reparar en que el oficial de sastrería podría haber adquirido una de medio pelo en cualquiera otra parte y, seguramente, por mucho menos dinero que el que les pagó a ellos.

Hundido en sus propios pensamientos, el coronel caminaba sin percatarse de su entorno y pasaba de largo sin responder los saludos furtivos de los escasos transeúntes que deambulaban a esa hora de la mañana como sin destino determinado.

Esa misma tarde corrió como reguero de pólvora la voz de que el coronel había extraviado la memoria en algún lugar desconocido del pueblo o que de plano era sonámbulo, pues le daba por caminar dormido por las calles, con los ojos bien abiertos, a plena luz del día y perfectamente vestido.

Cuando acordó, el coronel estaba frente a la puerta de la casa de Alvaro, con el bulto bajo el brazo y sin una idea precisa de lo que diría al amigo de su hijo fallecido para obtener los cuarenta pesos por el vetusto y desvencijado reloj de pared.

7 jun. 2008

NOCHES DE INSOMNIO

Por Guadalupe Herrera Soto

LOS NIÑOS

Los niños creen...

Los niños confían...

Los niños no tienen miedo...

Los niños dicen la verdad...

Los niños aman...

Los niños perdonan...

Los niños tienen fe...

Los niños juegan...

Los niños no se complican...

Los niños... apotegma existencial.


UNA TAZA DE CAFE

Bebida negra que encierra el aroma de tantas disimilitudes.

El aroma a trabajo.

El aroma a historias.

El aroma a sexo.

El aroma a estudio.

El aroma a una plática confidencial.

El aroma a una conversación trivial.

El aroma a grandes decisiones...

Degustamos una taza de café, primero, tímidamente como un beso hurtado.

Después, la familiaridad de un delicioso café nos envuelve en la vida cotidiana.