28 jun. 2008

CARTA PARA EL CORONEL (III)

Por Antonio Castro

Más que el dinero para sobrevivir hasta el día de la pelea, al coronel le obsesionaba la idea de reunir los sesenta pesos que su compadre Sabas le había dado de adelanto por el gallo, y deshacer la promesa de venta que había formulado con el padrino de su hijo fallecido.

Si por desgracia había recurrido a su compadre y se vio obligado a aceptar esa cantidad fue porque se hallaba angustiado por la enfermedad eterna y los lamentos perpetuos de la asmática.

Además, don Sabas le había asegurado que el gallo no valía menos de novecientos pesos, pero cuando acudió decidido a hacer el trato y a llevarse esa suma su compadre se retractó y le ofreció únicamente cuatrocientos pesos.

Buscando la manera de obtener un beneficio mayor en la operación, don Sabas argumentó que en otro tiempo aquél hubiera sido un buen negocio para ambos, pero que en ese momento el riesgo de salir muerto a tiros en la gallera era demasiado.

Hasta el médico del pueblo, quien fue testigo ocasional de la conversación mientras preparaba al diabético para un viaje de días, consideró ridícula la cifra que don Sabas ofreció a su compadre, pero prefirió guardar silencio frente al hacendado.

Más tarde, caminando a solas por las calles del pueblo con el coronel, aventuró que don Sabas seguramente revendería el gallo por una suma superior a los mil pesos.

La cosa es que ahora el coronel no contaba más que con veintinueve pesos, pues no bien había comentado a su esposa la oferta que le formuló su compadre cuando aquella ya había distribuido mentalmente hasta el último centavo. Cuando llegó con los sesenta pesos la anciana se vio en la necesidad de ajustarse al presupuesto real. Como quiera que sea, puso en juego sus habilidades y hasta un par de zapatos nuevos compró para su esposo. Los turcos repelaron cuando vieron las suelas gastadas, argumentaron mil cosas pero, finalmente y con una resignación mal fingida, aceptaron la devolución que hacía el coronel.

Son trece pesos más para mi compadre—, dijo el anciano cuando tuvo el dinero en las manos.  —Ya nomás faltan dieciocho.

Esto recordaba el coronel cuando la puerta se abrió frente a él. Una mujer diminuta y de aspecto frágil lo invitó a entrar al reconocerlo y le invitó algo de beber.

—Recién almorcé y aún me siento lleno—, mintió por costumbre el ex revolucionario. —Pero para no desairarla, que no es de caballeros, le acepto una taza de café.

La mujer se dirigió a la cocina y unos minutos más tarde retornó con la aromática infusión.

Al igual que todos, ella conocía al coronel y a su esposa y no ignoraba que, en espera eterna de una carta, el coronel había dejado transcurrir lastimosamente los últimos años de su vida como corre libremente el agua por el arroyo.

Quince años después de haberse retirado, el coronel aún mantenía la esperanza viva del primer día. Estaba seguro que en cualquier momento llegaría la anhelada misiva y, con ella, su pensión de veterano y el reconocimiento, con todos los honores que merecía un hombre como él, que los había ganado a pulso sirviendo a su patria con las armas en los tiempos de combate y a su partido en la trinchera de una casilla en periodos electorales.

Viernes tras viernes, con una constancia y asiduidad religiosa, bajo la ardiente y amarillenta cortina de plomo solar o desgajándose en llanto el cielo, el coronel acudía al puerto con el corazón en la boca a esperar el correo, obteniendo invariablemente la misma respuesta: no. «Hoy tampoco hay carta para el coronel».

—Y ese bulto que tiene bajo el brazo, qué cosa es, coronel—, preguntó tímidamente la mujer intrigada por el voluminoso paquete.

—Y Alvaro, todavía no se levanta—. El coronel respondió la pregunta con otra pregunta, evadiendo abordar con la mujer el asunto que lo había llevado hasta ahí.

—Alvaro no está en casa, coronel—. La mujer fijó su mirada en los ojos almibarados del anciano, tratando en vano de hurgar en el laberinto de sus pensamientos.

—Seguro regresa más tarde, no es verdad—, preguntó cándidamente el coronel, ajeno a los acontecimientos que habían sacudido al pueblo la noche anterior.

—No sé. No lo sé. No estoy segura si volveré a verlo alguna vez en la vida—, dijo la mujer rompiendo en llanto reprimido. Había hecho un gran esfuerzo por contener las lágrimas frente al anciano, pero no pudo soportar más. Con su propio pesar a cuestas, el coronel había sido incapaz de advertir la congoja de la mujer.

—Fue apresado anoche en el billar, con esos papeles que dicen cosas malas del gobierno, y no sé a dónde se lo llevaron—, dijo la mujer con la voz hecha añicos. —También se llevaron a Germán y a Alfonso. Muchas veces le advertí que se iba a meter en problemas y ya ve, jamás me hizo caso. Yo le dije... Se lo dije...

Aunque era un riesgo que estaban acostumbrados a correr todos los días desde hacía algunos años, el coronel no pudo menos que sorprenderse por la noticia. El mismo en algunas ocasiones se encargó personalmente de hacer circular entre los simpatizantes de la causa las hojas clandestinas que llegaban al pueblo quién sabe por qué medios, pero que invariablemente caían en sus manos a través del médico o de Alvaro.

“Carta de Agustín, coronel”, o “Agustín escribió otra vez”, decían en forma de clave al anciano y le entregaban a la vez un discreto paquete de hojas mimeografiadas.

Las palabras de la mujer hicieron el efecto de una barrenadora que le perforó las paredes de la memoria hasta poner al descubierto la trágica escena de la muerte de su hijo, acribillado en una gallera por el fusil de un diminuto policía de aspecto aindiado, con la piel curtida y un tufo infantil que tuvo la oportunidad de comprobar él mismo más tarde, mientras se dedicaba a distribuir por lo bajo propaganda clandestina.

Ese día salió Agustín con su gallo bajo el brazo, sin atender las palabras de su madre, rumbo a las galleras, con una sonrisa a flor de labios.

Meses más tarde y rememorando el trágico acontecimiento, la asmática recordó ante el coronel que ella misma le advirtió a su hijo que no fuera a buscar una mala hora en la gallera y que Agustín se había limitado a mostrarle los dientes y a decirle que se callara, porque esa tarde iba a ganar tanta plata que no sabría en qué gastarla.

Esto ocurrió exactamente el tres de enero. Once meses después, el coronel conoció al hombre que asesinó a su hijo al caer inocentemente en una batida policiaca en el billar, con una hoja clandestina que le entregó minutos antes Alvaro y que guardaba celosamente en el bolsillo de la camisa.

El coronel sintió la frialdad del fusil en la espalda, giró sobre sus talones sin levantar las manos y se sintió tragado con todo y botines, triturado, digerido e inmediatamente expulsado al enfrentarse a unos pequeños y redondos ojos de murciélago sin vida que lo miraban sin pestañear. El policía lo observó el tiempo suficiente para percatarse de quién se trataba, impávido, agazapado tras una máscara de piedra. Bajó levemente el fusil, se hizo discretamente a un lado y sin el menor asomo de simpatía permitió al anciano que abandonara el lugar.

—Pase usted—, dijo.

Alvaro y sus amigos también fueron puestos en libertad luego de un profundo interrogatorio sobre el origen de los panfletos que circulaban desfachatadamente por el pueblo. Todo le negaron y aceptaron nada.

En esta ocasión las circunstancias eran diferentes. Habían sido sorprendidos con la propaganda antigobiernista en el instante mismo en que la hacían circular entre los parroquianos. Sin poder negar los hechos fueron arrestados y conducidos a los separos de la policía para ser interrogados.

Desde el dormitorio, la anciana vio regresar en silencio al coronel, con el rostro lívido de quien acaba de escuchar su sentencia de muerte, cruzar el patio, dirigirse a la cocina arrastrando unos pies de plomo, coger un tarro y servirse agua fresca del jarrón de barro cocido de encima de la mesa. Observó cómo bebió lentamente el líquido cristalino con la mirada perdida en el horizonte de la nada. Lo vio servirse un poco más, terminar de beber, dejar el tarro sobre la mesa y desplomarse con todo el peso de sus años sobre la mecedora.

Fue entonces y sólo en ese instante cuando decidió salir del mosquitero y como pudo se arrastró hasta la cocina.

—Te compró Alvaro el reloj. Te dio menos de lo que pediste...—, preguntó afirmando por la enfermedad. —Seguro se lo empeñaste por nada. Seguramente eso fue. Pero sólo a ti se te ocurre. Sabes muy bien que no tenemos nada qué comer y tú con tus cosas. Y yo con esta enfermedad, que nada puedo hacer bien. Pero en este momento voy con Alvaro y...

El coronel volvió el rostro hacia donde se hallaba la mujer vociferando sin escuchar ni una palabra de lo decía. La veía mover los labios y gesticular airadamente, sí, pero en medio de su aturdimiento no acertaba a comprender. Aún no digería por completo la noticia de la captura de Alvaro y los demás muchachos. Si ellos lo denunciaban, en cualquier momento podrían venir también por él, pero eso realmente no le preocupaba. A nadie que hubiera vivido setenta y cinco años tan intensamente como él lo había hecho hasta ese día podría preocuparle una situación como esa, y mucho menos a alguien que combatió en las filas del coronel Aureliano Buendía. Además, su hijo Agustín había ofrendado su vida por una causa, por algo en lo que creyó hasta el momento mismo de su muerte, y él pensaba igual que su hijo sacrificado. No. Lo que realmente le preocupaba era la suerte de los detenidos. Sabía que si estaban en manos de la policía no saldrían vivos a menos que denunciaran a los cabecillas, pero también conocía a Alvaro y tenía la certeza de que preferiría morir antes de poner en peligro de abortar el movimiento que se gestaba a lo largo y ancho del país.

La anciana estaba a punto de reventar frente al silencio del coronel quien, impasible, se balanceaba lenta y rítmicamente en la mecedora.

—Pero, dime algo. Dime qué hiciste con el reloj. Contéstame. Habla, habla porque si no yo... —dijo la asmática sin poder terminar la frase.

—Anoche apresaron a Alvaro—, respondió el coronel a pausas. —Anoche, mientras nosotros discutíamos por el gallo, la policía capturó a Alvaro y a los muchachos y se los llevaron con rumbo desconocido. Nadie en el pueblo sabe dónde están. Los agarraron igual que Agustín, repartiendo propaganda. Pero esto ya no lo paran. Tendrían que arrestar a todo el pueblo y luego a todo el país para acallar la inconformidad, y eso está por verse.

—Y el reloj...—, preguntó la anciana por lo que verdaderamente le interesaba, ajena al movimiento de rebeldía que había brotado desde hacía diez años atrás en el país. Sabía que su hijo Agustín había sido acribillado en la gallera cuando repartía unos papeles extraños, pero achacaba el crimen a asunto de gallos.

También ignoraba que el anciano ex combatiente era activista y que distribuía esporádicamente las síntesis mimeografiadas a sus copartidarios, y que estos a su vez hacían circular clandestinamente por el pueblo, con revelaciones sobre el estado de resistencia armada en el interior del país.

—...Y el reloj—, insistió.

—El reloj ya no nos pertenece—, respondió el coronel.

—Y los cuarenta pesos, porque te dieron los cuarenta pesos por él, verdad—, preguntó angustiada la anciana.

—No...—, respondió con serenidad el coronel. —Ahora no tenemos ni reloj ni dinero. El reloj se lo dejé a la mama de Alvaro para que lo venda o lo empeñe. Ella va a necesitar más que nosotros ese dinero para buscar a su hijo.

—Y nosotros... qué hacemos mientras tanto—, cuestionó la asmática en medio de un acceso de tos.

—Nosotros... nosotros ya estamos tan acostumbrados a comer aire que si dejamos de hacerlo un sólo día seguramente nos morimos de hambre al día siguiente—, dijo el coronel subrayando una a una las palabras, con una frialdad que convulsionó a la anciana.

24 jun. 2008

CUENTOS RAPIDOS PARA LECTORES APRESURADOS (II)


Por Eligio Coronado

INQUISICIONES


¿Y DIOS, al despertar, se mira en el espejo del mar?


HAY MUSICA en el árbol, ¿qué pájaro la deposita?


¿A DONDE iría el bullicio sin la calle?


¿A DONDE van las escaleras cuando salen de vacaciones?


¿Y AL VIENTO quién lo despeina?


¿A DONDE van los gritos cuando no hay oídos cercanos?


¿QUE TAN profundamente duermen las almohadas?


¿CUANDO madurarán las hojas de mis libros?


¿SUEÑAN los árboles con otras clorofilas?

¿COMO se orienta uno en la tierra del sueño?

23 jun. 2008

LA VOLUNTAD ES LEY (II)


Por Antonio Castro Manzano

Despertarás cuando el sol se encuentre en todo lo alto, fatigada y con los ojos de sapo por la mala noche que te provocó aquella carta inesperada que te hizo padecer la ausencia de sueño y te sumió en un llanto prolongado e irrefrenable. 

Como te sea posible, te levantarás y te meterás a la ducha para reanimar los sentidos mientras  las habitaciones contiguas permanecen vacías, pues tus hijos salieron temprano. Disfrutarás cada una de las refrescantes gotas de agua viva que caen en tu cabeza y se deslizan suavemente por hombros, vientre y pies, e intentarás prolongar indefinidamente el placer que te brinda la agradable sensación del liquido tibio y cristalino que recorre tu cuerpo de aún dama joven. Cuando estés satisfecha, saldrás de la regadera y, sin prisas, con una toalla frotarás pausadamente cada parte de tu cuerpo, te observarás en el espejo para comprobar el deplorable estado físico en que te encuentras y que se refleja fielmente en tu rostro, te alisarás el pelo y te enfundarás lo que encuentres a la mano, un pantalón corto y una blusa o un vestido ligero que te permita estar visible por si llegan visitas inesperadas pero también con el cual podrás dedicarte a las labores domésticas sin temor a dañarlo.

Con el pelo aún escurriendo, descenderás la escalera y llegarás a la cocina. Por unos segundos permanecerás indecisa frente a la puerta. ¿Te prepararás un café o darás antes de comer a los gatos? Atenderás a los gatos, sí. Con la bolsa de croquetas en las manos, saldrás al jardín-cochera para alimentar a los que ahí alojas y amorosamente los acariciarás mientras se satisfacen, y luego te dirigirás al patio trasero donde te esperan permanentemente hambrientos tus otros huéspedes distinguidos, los más pequeños, esos que no pueden valerse por sí mismos y que se abalanzan hacia ti apenas advierten tu presencia y, zalameros como son, se untan en tus piernas para agradarte y granjearse su comida. Aprovecharás esos momentos para contemplarlos con largueza y preguntarte cómo es posible que animalitos que no tienen la virtud del raciocinio, como son tus mascotas, sean más fieles que el propio ser humano, que se considera a sí mismo el rey de las especies. Sin encontrar una respuesta congruente y satisfactoria, te encogerás de hombros y retornarás a la cocina, guardarás en la alacena la bolsa de alimento y pondrás a hervir agua para prepararte el café.

¿Y... si abortaras?, rebotarán de pronto las palabras en tu mente y en tu corazón y se te romperá nuevamente el alma al recordarlas como si hubiese sido apenas ayer, como aquella tarde gris de septiembre y, también como aquél frío atardecer, te repetirás que no. No y mil veces no. Aunque te sabías frente al cadalso, pensarás, tu instinto maternal te ordenaba no echar ni un paso atrás y dar a luz a aquella criatura que no te había pedido venir al mundo y que, aunque no estaba en tus planes concebir un hijo, no aún, no podrías convertirte en una asesina y matarlo antes de nacer. Tus proyectos personales, tus ilusiones, reconocías muy a tu pesar, tendrías que posponerlos para mejor ocasión. No serías la primera ni la última ni la única. Y reconocerás que así, de pronto, en un chasquido de dedos, toda tu vida había dado un vuelco de noventa grados. Pensarás que si en alguna ocasión, como lo hiciste infinidad de veces, acariciaste el anhelo de incursionar profesionalmente en el teatro, en el canto o en alguna otra actividad cultural que tanto te agradaban, esa posibilidad ahora estaba temporalmente, quizá permanentemente, cancelada. El padre del niño, el padre del niño que hiciera lo que gustara. Tú estabas decidida a aceptar tu responsabilidad y a convertirte en madre contra todos los pronósticos.

Y revivirás la imagen cuando, años después, él se marchó argumentando que necesitaba su propio espacio y te repetirás que tú no forzaste a nadie a hacer algo contra su voluntad y, por el contrario, diste libertad para elegir. Fuiste clara, explícita. La respuesta no dependía de ti, recordarás, y, si asintió, si se engalló para responder como hombrecito —que no lo era— y responsabilizarse de sus acciones, fue su problema. ¡Bonita cosa!, te dirás. Hombrecito debería ser ahora, que abandonó a su mujer y a sus dos hijos para irse quién sabe a dónde y con quién. Con alguna puta —¡ay, Dios mío, perdóname—, si, seguramente con alguna puta, pues siempre fue un cabrón el mosquita muerta. Y llegarán galopando a tu mente recuerdos adormecidos que habías decidido no despertar por dolorosos, como el día que nació tu primer hijo y aquella desgraciada tuvo la desfachatez de llamarte hasta tu propio lecho de recién parida para felicitarte por el acontecimiento y cuando, agotada como estabas, le agradecías su gesto y sus palabras de aliento y le preguntabas cándidamente de parte de quién, solamente se limitó a responder, con su vocecita de mierda, que era “la otra”. Y nuevamente querrás tenerla entre tus manos, como lo anhelaste aquella ocasión, al imaginar cómo se habrá reído de ti la muy maldita, para ahora sí estrangularla lentamente y sin piedad. Y luego verás cuando horas más tarde llegó el apocado de tu marido y, al verte bañada en lágrimas, preguntó con una candidez propia de él que rayaba en la estupidez, qué te ocurría. ¡Qué te ocurría! Recordarás que, aún dolida y dolorida como estabas por el reciente alumbramiento, escuchaste con paciencia franciscana sus argumentos pueriles negando siempre una relación más allá de una simple y pura amistad con aquella mujer y que no le creíste por inverosímil. Y te preguntarás sin responderte si el infeliz te creería una pendeja o en qué concepto te tendría, porque cómo era posible que si no había una relación mas que de amistad, como afirmaba, se hubiese atrevido a tanto la desdichada. Y te dirás que, para entonces, los muy desgraciados ya hasta se habrían revolcado. Ah, pero ahí no paró la cosa, no, recordarás. Y recrearás mentalmente la escena en que una tarde, años después, un amigo de la familia llamó para decirte que tu marido te engañaba con aquella de la que tú siempre sospechaste, y le pediste pruebas de ello para restregárselas en el hocico al muy canalla que siempre negaba todo, y cómo decidiste, mejor, confrontarlos cara a cara para ver la reacción de ambos y saber cuál de los dos mentía y, no obstante que era palabra contra palabra y que las supuestas pruebas de la traición no parecían del todo convincentes, te inclinaste por la versión del extraño porque, pensaste, como tal no tenía necesidad de alterar la verdad. Y aunque tu hombre te juró que nada tenía qué ver con aquella mujer de la sonrisa tatuada, mas que lo que significaba una relación de amistad y de trabajo, el gusano barrenador de los celos ya estaba hospedado en tus carnes y en tu mente y nunca más lo podrías extirpar. Si no había nada entre los dos, como lo afirmaba, por qué ese interés desmedido de su parte en saber de ella, en buscarla, en propiciar su encuentro, te cuestionarás. Por qué ese entusiasmo, ese brillo en los ojos al referirse a ella. ¡Al diablo con ese cuento! Y luego, la ocasión que te encaró diciendo que la fulana era su amiga, te gustara o no, y que no pensaba dejar de frecuentarla solamente porque así lo querías. Por ello, no tendrás empacho en justificar, cinco años más tarde reaccionaste como la mujer ofendida  por el adúltero que eras, pues ya tenías pruebas, ahora sí, del engaño.

A través de las lágrimas que se precipitarán a tus ojos, verás por enésima ocasión a tu pequeña hija correr entusiasmada hacia el teléfono para contestar antes que su hermano y cómo quedó pasmada, sin saber qué responder, cuando la voz al otro extremo le preguntó algo que no comprendió pero que le provocó un malestar inmediato. Y luego, cuando lentamente te extendió la bocina para informarte, con su vocecilla atiplada e inocente, que alguien preguntaba que si ahí vivía el novio de la casquivana, porque tenía algo para ella que debía entregarle urgentemente. Te será difícil entender cómo fue posible que tú, con tu carácter explosivo, hayas tenido las agallas suficientes para controlarte y no mandar a la chingada al tipejo que te pedía que trasmitieras el mensaje más adelante, y te justificarás pensando que lo hiciste para, por fin, reunir las pruebas necesarias de su infidelidad. E inmediatamente después lo verás llegar de regreso del trabajo, al desplomarse el sol, con ese bien estudiado gesto de cansancio y hastío que pretendía levantar una barrera de silencio entre los dos que no podría ser derribada, misma que se transformó en sorpresa y risas nerviosas cuando le dijiste, haciendo de tripas corazón y con la voz más serena y modulada que pudiste, que habían llamado para que pasara a recoger una carta de recomendación para su novia. Recordarás cómo el muy cabrón hasta tartamudeó al verse descubierto y sin saber qué responder, pero negándolo siempre, y cómo, finalmente, había rodado la careta que ocultaba su verdadero y truculento rostro y, lo que era mejor, frente a los ojos de sus propios hijos. Y te verás esa madrugada sentada sobre la cama, frente a él, blandiendo el cuchillo cebollero, decidiendo si valdría la pena mancharte las manos y acabar de una vez por todas con el adúltero y contigo misma mientras, al parecer, él dormía plácidamente. Y te gozarás hasta la saciedad al recrear mentalmente su rostro de pánico cuando abrió los ojos desorbitados, y más cuando descubrió el brillo del arma que sujetabas firmemente en la diestra y te preguntó en tono suplicante qué ocurría: ¿Qué pasa, Adriana...? ¿Para qué quieres ese cuchillo? Y tú te limitaste a mostrárselo abiertamente y a sonreír amargamente divertida de su miedo, para luego incorporarte en silencio y contemplarlo de pie unos minutos más antes de abandonar la recámara, dejándolo petrificado sobre el lecho. Y con el paso de los años agradecerás a Dios el momento de lucidez que en ese preciso instante surcó como cometa por los cielos de tu mente obnubilada y con su estela de cordura te impidió actuar como la mujer ofendida que eras porque, con ello, evitaste dejar huérfanos a tus hijos. 

No obstante, a la luz de los nuevos acontecimientos, te preguntarás ahora si lo que hiciste fue en verdad lo más correcto o debiste haber terminado con todo, de manera definitiva, aquella pinche ocasión.

17 jun. 2008

KRYPTONIANOS


Por Eligio Coronado

Antonio Castro Manzano y yo somos de kryptón. Un día nos vinimos de rol a la tierra y se nos pegó Kal-El, un amigo del barrio. Al llegar a este planeta descubrimos que teníamos superpoderes y decidimos ayudar a la gente. Pronto adquirimos notoriedad y eso nos acarreó algunos enemigos. Uno de ellos, Lex Luthor, acicateado por la envidia, decidió acabar con nosotros para apoderarse del mundo. A Antonio y a mí nos anuló inyectándonos una substancia llamada kryptonitosa. Con Kal-El no pudo porque éste, mediante un súbito cambio de dimensión temporal, logró eludir el ataque y sometió a su némesis. Luthor, con la derrota, perdió su status de supervillano y la Oficina General de Patentes ya no se la quiso renovar. Del coraje, hasta el pelo se le cayó.

Antonio y yo, reducidos ya a simples mortales, tuvimos que elegir alguna actividad para ganarnos la vida. Yo escogí ser escritor porque sabía que autores como García Márquez o Carlos Fuentes ganaban millones. Antonio prefirió ser editor porque pensó: “Si eso ganan los escritores, ¿cuánto no ganarán los editores?”.

Kal-El, también llamado Supermán, al no tener rivales de categoría reconocidos por la Comisión Mundial de Supervillanos, se aburría terriblemente hasta que la televisión le dio trabajo en una serie llamada Smallville (Villachica para los cuates), donde enfrentaba toda clase de peligros, oculto en la subidentidad de Clark Kent. Lex Luthor, al enterarse, le fue a solicitar trabajo, culpándolo de su indigente situación. Kal-El, como todo noble kryptoniano, le tendió la mano y ahora Luthor hasta carro tiene (una carcacha noventera de marca descontinuada). Incluso llegó a tener novia en la serie (Lana Lang, después de una jugosa renegociación contractual de la actriz que la interpreta).

Antonio y yo también acudimos con el ahora seriealizado Kal-El, pero cometimos un error: le pedimos papeles de galanes. Kal-El nos desarmó de inmediato: “¿Con esa cara? Si acaso se las daría de villanos, no más”. Antonio y yo reaccionamos con encono kryptoniano: “¡Qué la kryptonitosa te acompañe!”.

Hoy en día nuestra amistad es unilateral. Cuando nos encontramos con Kal-El, él de inmediato nos da su autógrafo y se aleja volando velozmente. No lo culpamos. Antonio y yo sobrevivimos con dignidad. Sólo esperamos que cada día no den un plato de comida o el Premio Nobel de Literatura. Lo que ocurra primero.

16 jun. 2008

CUENTOS RAPIDOS PARA LECTORES APRESURADOS (I)


Por Eligio Coronado

INDISCRECIONES


NOSOTROS inventamos las sábanas, ellas a los fantasmas.


EL ZOOLOGICO estaba incompleto: faltábamos nosotros.


A ESA PELOTA todo se le resbala.


LOS ELEFANTES no le temen a las elefantasmas.


CUANDO ella besa mueve las alas.


A LAS PAREDES les gustaría corretear un poco.


LAS ALAS se me atrofian con la lluvia.


AL RUIDO le crecen alas si lo asustas por la espalda.


ES MAL geógrafo de sí mismo: no sabe dónde tiene el valle de la soledad.


NO VOLVERE a morirme: los buitres te picotean hasta la conciencia.


CUANDO estoy triste me inclino por ser árbol.


¡QUE FRAGILES son los sueños de luz de algunas lámparas!


ESTA LLUVIA necesita bastón para apretar el paso.


EL SUEÑO que compré en abonos se convirtió en pesadilla.


LA MARIPOSA de papel le teme a la lluvia.


CUANDO toma agua, ese fantasma se pone un cuerpo para no mojar la alfombra.


ES UN tipo muy raro: no comparte con nadie su neurosis.


LOS MANIQUIES detestan la ropa de segunda.


SOY UN  espejismo en el desierto de mi vida.


AMABA tanto aquella palabra que sólo ésa decía.


PUSIERON el grito en el cielo y después no pudieron bajarlo.

9 jun. 2008

CARTA PARA EL CORONEL (II)


Por Antonio Castro

Aunque ya era muy entrada la mañana, la sastrería estaba cerrada ante la extrañeza del coronel. Fue hasta entonces que cayó en cuenta que las calles polvorientas se encontraban desiertas porque era día de descanso.

De por sí, entre semana solamente se podían ver unas cuantas almas trajinando de un sitio a otro, como vagando sin rumbo fijo, dando al lugar el aspecto lúgubre de un pueblo fantasmal. A la hora de comer el pueblo entero entraba en una especie de sopor y todo el mundo dormía la siesta, pero por las tardes renacía la actividad y los hombres se reunían invariablemente en el billar a jugar al pool o la ruleta, mientras las mujeres continuaban con las labores del hogar y los chiquillos correteaban alegremente por las calles.

Aliviado de pasar desapercibido cargando semejante bulto —«me van a sacar en una canción de Rafael Escalona», temía—, y por no hallar a Alvaro, el coronel decidió regresar a casa, pero inmediatamente desistió al pensar en los reproches que le haría su mujer por volver con el reloj a cuestas.

“Aquí no vuelves sin el dinero”, le había advertido días antes la anciana mientras descolgaba ella misma la máquina de la pared y se la entregaba envuelta en papel periódico en sus propias manos. “Le llevas en este momento el reloj y le dices: Alvaro, aquí le traigo este reloj para que me lo compre. No habrá necesidad de más palabras porque entenderá enseguida”.

Y así lo hizo. Sin embargo, la presencia desafortunada de los amigos de Agustín en la sastrería obligó al anciano a que en el último instante diera marcha atrás en sus intenciones.

Cuestionado por Germán, el coronel argumentó con la sangre agolpada en el rostro que llevaba el reloj al alemán para que lo compusiera. Germán, que sabía tanto de las cosas de la vida como de mecánica, insistió en examinarlo él mismo y, tras una revisión rápida y superficial, lo regresó al anciano.

—Ya está—, dijo. El coronel tomó el bulto y retornó presuroso a casa.

Las cosas pintaban peor para la pareja de ancianos ahora que en aquella ocasión. El coronel sabía que o vendía el reloj a Alvaro o la asmática vería la forma de deshacerse del animal para hacerse de unos pesos. “Si no hay para más, por lo menos comeremos sancocho de gallo”, dijo la anciana en tono amenazante una ocasión desesperada.

Alentado por la simpatía que Alvaro manifestó siempre por Agustín en vida y por él mismo, el coronel encaminó sus pasos hacia la casa del sastre.

El anciano era de ideas largas pero de verbo corto y mientras andaba repasaba mentalmente la forma en que abordaría el asunto con el antiguo patrón de Agustín y amigo suyo por herencia de su hijo.

«Alvaro, tú sabes el valor que tiene para nosotros este precioso reloj de pared, que por nada del mundo nos desharíamos de él, tú lo sabes bien, pero dada la situación transitoria por la que atravesamos te lo vengo a ofrecer por tan sólo cuarenta pesos...».

O: «Alvaro, vengo a empeñarte este fino reloj de péndulo por solamente cuarenta pesos. El veinte de enero el gallo paga, y con intereses...».

Rápidamente botó ambas ideas al cesto de la basura porque revelaban abiertamente su precaria situación y podrían dar pie a que Alvaro le comprara el armatoste únicamente por lástima.

Lo que el coronel pretendía ocultar era de sobra conocido por los vecinos. Todos en el pueblo conocían las condiciones precarias en que se encontraban el coronel y su anciana esposa tras la muerte de Agustín, casi un año antes, aunque ellos se empeñaban sistemáticamente en negarlo por un orgullo mal entendido: “Agustín nos dejó unos centavitos. Con ellos la vamos pasando”, decían hasta a quien no se los preguntaba.

Los ancianos hablaban con la verdad, pero era una verdad a medias, pues los escasos ahorros del difunto hacía ya muchos ayeres que se los había comido el gallo.

Ahora recurrían a Alvaro nuevamente confiados en que éste les había comprado la máquina de coser de Agustín recién sepultado, sin reparar en que el oficial de sastrería podría haber adquirido una de medio pelo en cualquiera otra parte y, seguramente, por mucho menos dinero que el que les pagó a ellos.

Hundido en sus propios pensamientos, el coronel caminaba sin percatarse de su entorno y pasaba de largo sin responder los saludos furtivos de los escasos transeúntes que deambulaban a esa hora de la mañana como sin destino determinado.

Esa misma tarde corrió como reguero de pólvora la voz de que el coronel había extraviado la memoria en algún lugar desconocido del pueblo o que de plano era sonámbulo, pues le daba por caminar dormido por las calles, con los ojos bien abiertos, a plena luz del día y perfectamente vestido.

Cuando acordó, el coronel estaba frente a la puerta de la casa de Alvaro, con el bulto bajo el brazo y sin una idea precisa de lo que diría al amigo de su hijo fallecido para obtener los cuarenta pesos por el vetusto y desvencijado reloj de pared.

7 jun. 2008

NOCHES DE INSOMNIO

Por Guadalupe Herrera Soto

LOS NIÑOS

Los niños creen...

Los niños confían...

Los niños no tienen miedo...

Los niños dicen la verdad...

Los niños aman...

Los niños perdonan...

Los niños tienen fe...

Los niños juegan...

Los niños no se complican...

Los niños... apotegma existencial.


UNA TAZA DE CAFE

Bebida negra que encierra el aroma de tantas disimilitudes.

El aroma a trabajo.

El aroma a historias.

El aroma a sexo.

El aroma a estudio.

El aroma a una plática confidencial.

El aroma a una conversación trivial.

El aroma a grandes decisiones...

Degustamos una taza de café, primero, tímidamente como un beso hurtado.

Después, la familiaridad de un delicioso café nos envuelve en la vida cotidiana.

4 jun. 2008

DESCARTANDO

Por Antonio Castro


Pienso, luego existo.
Descartes


¿Pienso?

Pienso...

¡Pienso!

Pienso: ¿existo?

Pienso, existo luego.

Existo, luego pienso

Pienso y existo.

Existo.

¿Existo?

¡Existo!

Pienso... ¡Que doloroso es pensar!

3 jun. 2008

TRES MINICUENTOS

Por Eligio Coronado

SOCCER

La pelota está en paz. Ayer fue sometida a un terrible castigo. Todo por la victoria de un equipo. Hoy nadie la recuerda. Sólo se acuerdan del marcador y los anotadores.
Qué ingratitud.


LOS ARBOLES

Tan discretos. Tan apacibles. Tan considerados. No hablan más de la cuenta ni se meten con nadie. Jamás un aspaviento innecesario. Les encanta escuchar y adoran a las aves. Qué ejemplo para todos. Los postes deberían aprender.


PARQUEDAD

Me gustan estos parques que se van acercando poco a poco hasta volverse imprescindibles en nuestro paisaje cotidiano. Lo malo es que luego se alejan y uno lo resiente. ¿Existe alguna rama de la psicología que cure el alejamiento de los parques?