17 jun. 2008

KRYPTONIANOS


Por Eligio Coronado

Antonio Castro Manzano y yo somos de kryptón. Un día nos vinimos de rol a la tierra y se nos pegó Kal-El, un amigo del barrio. Al llegar a este planeta descubrimos que teníamos superpoderes y decidimos ayudar a la gente. Pronto adquirimos notoriedad y eso nos acarreó algunos enemigos. Uno de ellos, Lex Luthor, acicateado por la envidia, decidió acabar con nosotros para apoderarse del mundo. A Antonio y a mí nos anuló inyectándonos una substancia llamada kryptonitosa. Con Kal-El no pudo porque éste, mediante un súbito cambio de dimensión temporal, logró eludir el ataque y sometió a su némesis. Luthor, con la derrota, perdió su status de supervillano y la Oficina General de Patentes ya no se la quiso renovar. Del coraje, hasta el pelo se le cayó.

Antonio y yo, reducidos ya a simples mortales, tuvimos que elegir alguna actividad para ganarnos la vida. Yo escogí ser escritor porque sabía que autores como García Márquez o Carlos Fuentes ganaban millones. Antonio prefirió ser editor porque pensó: “Si eso ganan los escritores, ¿cuánto no ganarán los editores?”.

Kal-El, también llamado Supermán, al no tener rivales de categoría reconocidos por la Comisión Mundial de Supervillanos, se aburría terriblemente hasta que la televisión le dio trabajo en una serie llamada Smallville (Villachica para los cuates), donde enfrentaba toda clase de peligros, oculto en la subidentidad de Clark Kent. Lex Luthor, al enterarse, le fue a solicitar trabajo, culpándolo de su indigente situación. Kal-El, como todo noble kryptoniano, le tendió la mano y ahora Luthor hasta carro tiene (una carcacha noventera de marca descontinuada). Incluso llegó a tener novia en la serie (Lana Lang, después de una jugosa renegociación contractual de la actriz que la interpreta).

Antonio y yo también acudimos con el ahora seriealizado Kal-El, pero cometimos un error: le pedimos papeles de galanes. Kal-El nos desarmó de inmediato: “¿Con esa cara? Si acaso se las daría de villanos, no más”. Antonio y yo reaccionamos con encono kryptoniano: “¡Qué la kryptonitosa te acompañe!”.

Hoy en día nuestra amistad es unilateral. Cuando nos encontramos con Kal-El, él de inmediato nos da su autógrafo y se aleja volando velozmente. No lo culpamos. Antonio y yo sobrevivimos con dignidad. Sólo esperamos que cada día no den un plato de comida o el Premio Nobel de Literatura. Lo que ocurra primero.

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