26 jul. 2008

CARTA PARA EL CORONEL (V)

Por Antonio Castro Manzano


Con la captura de Alvaro, Germán y Alfonso, llegaron más detenciones. Los temores del médico resultaron fundados, pues en los días siguientes la policía realizó una serie de detenciones y cateos indiscriminados en busca de simpatizantes del sastre y sus amigos y de propaganda subversiva, atestando la prisión con gente inocente. Los oficiales revisaron palmo a palmo y hasta el último rincón cada una de las casas del pueblo sin encontrar nada. Solamente en el consultorio abandonado del médico, frente al puerto, fueron halladas algunas síntesis mimeografiadas de información clandestina. La policía revolvió en vano todo en busca de una pista furtiva para poder dar con el paradero del doctor, pero no encontró más que papeles y medicamentos caducos en el interior.

De Alvaro y sus amigos no se sabía nada a la fecha. Se especulaba que habían sido llevados a la capital para ser interrogados bajo tortura sobre sus nexos con el movimiento nacional rebelde, pero de igual forma corrían rumores infundados asegurando que los detenidos lograron logrado huir de sus captores y se internaron en las zonas más inaccesibles de la región. Las autoridades mantenían un silencio hermético en torno al asunto, mientras la madre de Alvaro encomendaba a su hijo a todos los santos noche tras noche para que velaran por su bienestar. En su corazón materno albergaba la remota esperanza de que su hijo hubiese podido escapar de las fuerzas policiacas y estuviese refugiado en algún sitio desconocido de los Llanos Orientales.

Las únicas personas del pueblo que por esos días no vieron alterada su paz aparente fueron el coronel y su esposa. El primero, vigilando la enfermedad de la asmática y ésta naufragando en la inconsciencia de su propia crisis.

Una vez fuera de peligro la anciana, el coronel centraba su atención en el gallo. Hacía casi una semana que no recibía entrenamiento y el día de la pelea se acercaba rápidamente. El escaso maíz que días antes de su detención llevaron German y los muchachos se lo comieron el animal y los ancianos y ahora no tenían con qué alimentar al gallo ni alimentarse ellos.

Aunque en el fondo detestaba al gallo —al que achacaba la culpa por la muerte de su hijo—, la anciana observaba con preocupación al coronel y no dejaba de sentir conmiseración por él por aferrarse al animal como única solución posible a sus problemas.

En algunas ocasiones se le figuraba que más que en la carta, el coronel tenía cifradas todas sus esperanzas en el gallo y sentía tristeza por él.

—Ya deja de mirar a ese animal, que con mirarlo no ganas nada—, reprochó la asmática.

—Estoy pensando qué tan sabroso sería disfrutar un sancocho de gallo de novecientos pesos—, respondió el anciano al verse sorprendido ensimismado en el animal.

—Ni lo digas, que con tantas cosas que hemos pasado por ese avechucho seguro se nos indigesta y al día siguiente nos entierran juntos a los tres—, replicó la asmática con fingido desinterés.

El coronel sonrió para su interior. Conocía bien el sentimiento de su esposa hacia el gallo y sabía que, si dependiera de ella única y exclusivamente, desde cuando habría tenido que malbaratarlo o, bien, comido un platillo donde el animal hubiese sido el principal invitado.

—Buenas tardes, compadre, comadre. Se puede... —. Era don Sabas, cuya presencia inesperada sobresaltó al coronel.

—Faltaba más, compadre. Pase. Entre por favor. Qué lo trae por aquí—, preguntó el anciano simplemente por preguntar. Aunque lo había olvidado por la enfermedad de la asmática, la presencia del ganadero le recordó de golpe la promesa de venta del animal que empeñó con él. Una semana antes don Sabas le entregó sesenta pesos como adelanto por la compra del gallo, ofreciendo pagarle el resto, hasta completar cuatrocientos pesos, el lunes siguiente.

Don Sabas, imbuido en sus propios asuntos, ignoraba la crisis a que se había visto sometida la anciana en esos días, pero tampoco le habría importado demasiado de saberlo. Si no acudió el mismo lunes por el gallo fue porque las ganancias que le reportaron la venta de algunas reses eran infinitamente superiores que los seiscientos pesos que le daría a ganar la reventa del animal.

—Pues nada, compadre, que pasaba por aquí y me dije: Sabas, serías muy mal compadre y te pasarías de descortés si no llegas a saludar a los compadres y te cercioras con tus propios ojos si están bien—, respondió el hacendado con mal simulada preocupación. —Con eso de la boruca que se trae todo el pueblo por esos revoltosos que apresaron, y sin saber nada de ustedes, francamente me sentí preocupado y vine a darles una vueltecita.

El coronel sabía que su compadre mentía cabalmente. Muy contadas ocasiones antes había acudido a visitarlos hasta su propio hogar y sus palabras sonaban huecas. Su único interés era el gallo.

—Gusta tomar algo—, preguntó el coronel a sabiendas de que, de no ser agua sola, no podría cumplir su ofrecimiento.

—Agua, compadre. Por favor un vaso de agua—, pidió don Sabas. El coronel se sintió aliviado. —Hace un calor terrible.

El anciano se dirigió a la cocina y a los pocos minutos regresó con el tarro lleno de agua.

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